sábado, 20 de junio de 2009

La estructura del Tiempo


Son pocos los que descubren lo irónico en la estructura de la realidad. Tal descubrimiento no siempre es un don, sino por lo general un sino. Escribo estas líneas en el español del siglo veintiuno, pero no acabo de responderme por su etología. Tal vez sea no olvidar mi lengua materna, tal vez la placentera conciencia del peligro que supone el que las hallen, imposibles e indescifrables.
Sé que presentarme no supone un riesgo. Conozco con exactitud –y no hay otro hombre en la tierra que pueda afirmar lo que sigue- el momento exacto y el modo de mi muerte. Al principio, esta conciencia indestructible me hizo suponer que acabaría salvado por la locura, y que en última instancia la olvidaría o la confundiría en mis posibles fantasías irreales. Lejos de eso, estoy tal vez más lúcido que nunca. Con modestia, puedo añadir, pero con ardor y minuciosidad obsesivas, estoy componiendo el pasaje de mi salvación: no esta, sino otra obra, y no en este, sino en otro idioma, muerto en algún momento y resucitado hoy.
Estas líneas apresuradas se explicarán luego. No puedo evitar considerar el carácter curioso y a su modo, bello, de mi relato, es decir, de mi historia.
Mi nombre es José Peramás y Adolfo Argentino Cáseres. Soy indistintamente un fraile jesuita del siglo dieciocho y un profesor de letras clásicas, especializado en el latín jesuítico de segunda mitad del mil setecientos. En esta última de mis paralelas vidas, fui un estudiante impecable y una persona tediosa. El latín, he descubierto finalmente, ofrece su belleza a quienes ya no pueden hallarla en prácticamente ninguna otra cosa. Lo más humano en la tarea del latinista sea, posiblemente, la labor forense de las etimologías.
En los márgenes que dan inicio al siglo veintiuno, yo era, como dije, profesor de letras clásicas en una ya antigua universidad nacional de Córdoba y tendría unos cuarenta años. Un gran amigo mío (¿un pseudópodo del destino para sus oscuros fines?), el profesor Andrés Espíndola, me facilitó un texto que le estaba produciendo dificultades, un texto similar a aquellos en los que me especializaba. En su carácter de mera similitud radicaba el problema; en probar su autenticidad, la labor que se me ofrecía. Nuevamente siento que debo hacer un alto para explicar qué felicidad provoca la posibilidad de la novedad para el latinista. Asumo que es pareja a la de un astrónomo al sentir que lo que está viendo, tal vez, nunca haya sido visto antes en un cielo agotado por siglos de contemplación.
El texto, tuve que admitir al principio y hasta con cierto estupor, estaba compuesto con una perfección estilística intachable. Emulaba con tal verosimilitud el tono y el estilo de un jesuita de mil setecientos cincuenta que uno, por momentos, llegaba a una precomprensión oscura de que no era más que una emulación. Cierta familiaridad en las influencias y el modo de despreciar sutilmente a sus superiores, familiaridad que no podía probar, confirmaban mis sospechas. El texto incluía, en expresiones sutilísimas que se pierden en la traducción, la pedantería achacada históricamente al carácter de un famoso hombre de letras de esa época, Iosefi Emmanuelis Peramas. No me extenderé en reproducir la trivial biografía de un misionero jesuítico en eso que se llamó Paraguay en algún momento. Con pudor, me gustaría remitirme a sus dos mejores obras, las Laudationes Quinque y la tan basta como interesante De Vita et Moribus. Reconozco que las usanzas de la época extendían los títulos de las obras hasta el absurdo, pero el lector cuidadoso podrá ubicarlas sin dificultad.

En lo que sigue, hay dos elementos que creo inverosímiles y que lamento no poder hacer accesibles al lector incrédulo. El primero, es el tiempo que me llevó rendirme ante la autenticidad indemostrable de texto en cuestión. Las semanas se hicieron meses, los diccionarios se multiplicaron en la mesa de mi estudio. Derivé, no sin pesar, copias del original a colegas europeos, japoneses y estadounidenses. En las respuestas de muchos encontré un estupor idéntico al mío, en otros tantos, una sutil y orgullosa indiferencia, sólo en una, honestidad profesional. El doctor Murakami, en su particular inglés, me aconsejó abandonar el trabajo. Como había ocurrido en otras oportunidades, podía ser la mala broma de un latinista para con los demás, componiendo un texto fastidioso e indestructible. Recibir el sabio consejo de Murakami hubiera implicado aceptar su mayor sabiduría, no sólo en cuestiones latinísticas, sino en general. Me consuelo pensando que no lo escuché evitando el lugar común de repetir alabanzas a la prudencia oriental.
El segundo punto inverosímil, tal vez pueda ser matizado con una descripción realista. Una noche, mientras me consumía nuevamente frente al Peramás que yo asumía falso, percibí un movimiento en la iluminación de mi estudio. No la disminución de la intensidad provocado par una baja de tensión, sino una verdadera modificación de los espacios iluminados. Los pocos que recuerden, o logren imaginar la agobiante magia de leer a la luz siempre variada de las velas, entenderán a lo que refiero. El incidente duró algunos segundos, tal vez sólo uno. No pude prestarle la debida atención hasta que se repitió algunas veces más. Finalmente, la luz estática de la lamparita se volvió definitivamente el fulgor dinámico de la flama. Creo que me incorporé de súbito, posiblemente aterrado, para encontrarme, en derredor, no con mi habitual sala de trabajo, sino en una construcción colonial, de aberturas en arco y gruesas paredes de piedra revestida con adobe. Queda a elección del lector aceptar o no este hecho sobrenatural. Para continuar, sin embargo, es preciso que asuma ese pacto improbable.

Puedo recordar con mayor claridad lo que sucedió después de aquel evento ocurrido hace años. Recorrí los pasillos de la construcción, me figuré siluetas lejanas y oscuras en largas túnicas de un textil barato. El patio daba, aún lo hace, a un bosque húmedo e insoportablemente caluroso, donde los autóctonos colaboraban en la tala y la erección de edificios que destruirán la historia y la envidia de la corona española.
La mañana siguiente a mi inexplicable viaje, ocurrió otro evento, igualmente prohibido. Pude fingir sin mayores problemas el español latinizado de mis vecinos, e intuír el guaraní de los salvajes. Tuve que hacerme pasar por alguien, y elegí a Peramás, sin pensar demasiado en las consecuencias de tal elección. Luego, con terror, imaginé la posibilidad de que el auténtico Peramás, que por entonces tendría aproximada mente unos sesenta años, habitara esos claustros, que a quienes me introducía lo conocieran y comprendieran mi fraude y mi impostura. Afortunadamente, podría decirse, di con él esa misma noche. Lo seguí con sigilo, armado de una pala, e irrumpí en su cuarto cuando todos dormían. Sin fortuna, no pude descifrar el sentido de su sonrisa al verme con una mirada familiar, expectante. Asumí que antes los hombres temían menos a la muerte rendí homenaje a esa asunción. Me di muerte.
Enterré el cadáver, seguramente trastornado por el miedo y el sudor que provoca. Ocupé nuevamente mi catre, a la espera de que algún error, acaso la diferencia de edad entre el verdadero Peramás y el impostor, me delatara. Nada de eso ocurrió.
Ahora, a casi veinte años del homicidio que cometo constantemente, ajusto algunos retoques de un texto imprecisamente apócrifo que he compuesto. La estructura circular e ineluctable del tiempo me traerá a mí mismo, veinte años más joven, cualquier día como este, empuñando la misma pala.

sábado, 21 de febrero de 2009

Ritch el mujeriego irredempto.




La semana pasada, hace sólo cuatro días, yo volvía de uno de los casinos instalados ilegalmente en esas chatas casa de familia de Midtown. La noche, guardando algún paralelismo con la cantidad de dinero en mi billetera, estaba casi acabada. Volvía a mi casa vencido, cansado y caminando sobre mis cuartos traseros como las bestias. El Chevy había expirado dos semanas atrás, y aún seguía sin poder reunir el dinero para mandarlo a arreglar. Me sentía débil y derrotado mientras caminaba por la ciudad absurda y fríamente negra. Me sobresalté con bronca al sentir la mano pesada apoyarse en mi hombro; me di la vuelta anticipando el ataque de algún asaltante, pero del otro lado de mi espalda no estaba esperándome nada más espantoso que la horrible cara gigantesca y plegada de Ritchie. Me miró, callado, un instante.
-Ritch, amigo, casi me revientas del susto-
No respondió inmediatamente. Mantuvo su silencio solemne la cantidad precisa de segundos necesaria para concederle a la escena la seriedad adecuada para lo que quería decirme.
-Estoy con el coche, Wright. ¿Quieres que te lleve?
Yo ya sabía qué patatas acompañaban al combo del acercón en auto. Otra vez escuchar alguna historia de histeria, de gritos, de zapatos volando y ropa lanzada por la ventana. Las mujeres de Ritchie, que siempre estaban asesinando su sensible alma poética con intereses pedestres, gastos imposibles de afrontar, celos, mensajes de rouge en el espejo del baño amenazándolo de muerte por su infidelidad, etc. Bueno, todos hemos tenido que sonreírnos al sentirnos parte de algún guión imposible, pero Ritchie vivía alimentándose de esa condenada película los últimos veinte años de su vida.

Desde los veinte años, Richard había anoticiado al mundo de su decisión invencible de ser poeta. Los escritores tienen eso de pensar que a los demás les importa al menos un comino su existencia. Donde lo vieras, Ritch te recordaba su condición de espíritu sensible y si no lograbas huir lo suficientemente rápido, hasta tenías que soportar alguna oda recitada in situ. Demonios, nunca fue del todo malo, pero sus poemas te daban la sensación de estar compuestos más bien para terminar de conformar una obra mayor, el personaje que él mismo era. En todo caso a mí siempre me generaron cierta sospecha, acaso porque su gran cara de simio no condecía con sus versos sublimes y entristecidos, acaso porque, como hombre, nunca pude dejarme encantar por la actitud que minuciosamente había venido construyendo desde joven.
De una u otra forma, su efecto en las mujeres era fácilmente observable. Richard era un tipo grande, pesado, viril, con las manos enormes y un rostro que sólo una madre podría querer. Esto, sumado a su actitud poética de renegado paria vestido de negro, resultaba bastante eficaz. La fama de mujeriego de Ritch acaso sobrepasaba la de poeta. Sin embargo, en esto también había algo que me chocaba profundamente. Siempre estaba publicándolo frente a todo el mundo. Todo el maldito vecindario estaba al tanto de sus peleas y sus reconciliaciones con cada una de sus chicas, y no porque los desmadres se pudiesen oír desde muy lejos, sino porque, bien cerca de tu oído, Ritchie siempre estaba haciendo alharaca de sus amoríos. Para ser sintéticos, el tipo venía a ser una fiel representación de cierto esquema, el del poeta maldito americano, una repoducción demasiado fiel para no ser deliberada, y demasiado deliberada como para ser del todo cierta. Tal vez sea la antropología, no lo sé, lo que me hace desconfiar de esas exactitudes, de esos tipos y aún de esos casos tan fácilmente generalizables. Tal vez por eso me cueste creerles.

Durante el viaje, sin interrupciones, Richard me anotició de los últimos eventos de su vida amorosa, jugosa por demás: Catherine, una chica suya de veintipocos años había colapsado en celos a causa de su propia juventud. Ritch decía que disfrutaba cogiéndosela, pero que su juventud era por otro lado insoportable. Los reproches caían todos juntos en aluvión, una buena tarde junto a la ventana, y ningún objeto estaba exento de salir volando a través de ella, así como el propio Ritchie sentía miedo de que lo arrojaran a él mismo, pese a sus noventa y tantos kilos repartidos en casi dos metros de altura. Yo la había visto alguna vez, a ella o alguna amiga suya, ronroneando, frotándose contra el traje gastado de Richard que ensayaba una pose preocupada frente a la mesa de Black Jack en la casa de Zack o algún otro casino de la zona. Invariablemente jóvenes, invariablemente sensuales, le caían tan bien al aspecto del escritor como no lo harían nunca sus rasgos enormes, brutales. Siempre había un grupo de muchachos que lo saludaban al entrar en alguna fiesta, que le tomaban el abrigo o simplemente le sonreían con condescendencia idiota, cegada. Los muchachos no podían dejar de ver en él un ejemplar del selecto grupo (imaginario, por cierto) de tipos que hacen lo que ellos no pudieron-quizá-por-no-atreverse. Alguna cruza entre el chico de la motocicleta y Edgar Poe, no lo sé. Sin tanto cuento sobre sus mujeres, en todo caso, no hubiera podido venir a ser eso que representaba. Y ahora él despotricaba contra ellas detrás del volante de su automóvil destartalado, un Chevrolet del sesenta y pico, sobre mi no tan grande ni tan lamida oreja de escritor aficionado. Qué más decir al respecto.
En el auto, Ritch me decía cosas del estilo:
-Sólo quiero tener sexo con ellas, Wright. Pienso que no debiera ser tan complicado, limitarse a acostarse con alguien, a disfrutar de su cuerpo, sin pretender ejercer ningún tipo de dominio sobre su alma. Soy, tú sabes, un hombre libre, un artista. Soy una especie de puente ¿tu sabes?, un puente o médium entre ese mundo desdibujado, metafísico, y este otro, estéril, lineal. Porque, ¿qué es el arte sino la posibilidad de comunicar mundos, de jugar a las otras cosas, de estar más allá o menos acá? Tu lo comprendes, Wright, pero no todos. No. Los vasallos ciegos de la sociedad muerta, los insensibles operadores de la máquina que nos asesina como asesinó a Joseph Key, ellos no entienden por qué no puedo casarme y tener hijos como todos los demás. Y te lo reprocharán, Wright, te lo recordarán hasta que el suicidio que los aparte de ti sea lo único en lo que puedas pensar. Yo me mantendría apartado, pero siempre vienen o vuelven, siempre te buscan cuando tú solo quieres paz y tiempo para escribir-.
Pobre Richard. Yo estaba demasiado resignado a mi mortalidad, a mi pérdida del Olimpo como para sensibilizarme con sus sentencias sobre el arte. No niego que muchos de los mejores artistas han sucumbido a la tentación de sentirse diferentes, poco o demasiado humanos para la humanidad, pero en lo que respectaba a mi persona, afortunadamente, nunca fui un artista.
O también:
-No pueden obligarme a confiar en el amor, amigo. Tu sabes, te lanzan al mundo de sus palabras y debes jugar a sus juegos pero tú no eres como ellos y lo sabes y tendrás que luchar contra todos para no caer. Debería poder lograr estar absolutamente en soledad, Wright, mandarlas a todas a la concha de su madre y comprarme una cabaña junto al mar, o una casa en las montañas, y escribir tranquilo, junto a la estufa en pantuflas y en bata verde. Van a acabar matándome un día. Una puñalada por la espalda y adiós, el mundo vendrá a perder un alma sublime sin saberlo-.
Me hubiera gustado poder despreciar totalmente a Ritch. Tal vez hubieran debido romperle la nariz a tiempo cuando fue joven. Ya era tarde, de todos modos, ya estaba dentro de su actitud demasiado escandalosa como quien se calza un zapato algo ajustado o un anillo y luego no lo puedes quitar. Ritch decía que su zapato le iba mortalmente peuqueño. Yo pienso que, al contrario, le quedaba más que holgado. Ese era el chiste. Si él no protestara, una buena parte del personaje se hubiera venido abajo. Pero tampoco me alcanzaba para detestarlo. Después de todo ¿quién no acaba descubriendo que ha ensayado un papel una buena parte de su vida? ¿no jugaba yo al escéptico protestón? ¿no huía sistemáticamente de todo lo que se pretendía sublime, sutil, profundo? ¿no había sentido alguna vez que mis lentes de sol redondos pegaban muy bien con mi actitud ironista?

Nos apeamos en su casa. El auto tableteaba con un sonido muy feo en primera. Dirigí mis ojos a su rostro, enorme, plegado sobre sí mismo, algo indecente pero también algo bovino. Él no me miró. Supuse que sus oídos no percibían una frecuencia tan poco sutil como la de un motor quejándose.
En su casa, bebidas fuertes de por medio, continuó sus historias.
-El primer puesto, sin lugar a dudas, es para Hollie. Dios, qué mujer. Sus piernas, su cuello. Soy un hombre sensible, Wright, qué puedo hacer con ello. Si tú me dijeras que se limitan a mirarte con sus ojos felinos, a estar ahí como objetos públicos del deseo… yo podría admitir que alguien se contuviera. Pero no. Vienen, te hablan, te miran desde abajo y algo inclinadas. Te suplican que las acompañes a tu cama. Que me ahorquen si no soy una víctima. Y Hollie es la peor victimaria. Siempre, siempre sedienta, siempre embutida en esa encantadora actitud de coqueteo que no cesa nunca, ni por un instante. Sin embargo, no por detrás, no, ni siquiera oculta, tu sabes que hay un animal, una fiera ponzoñosa en ella. Van a matarme, Wright. Tú lo sabes. Soy demasiado sensible para esto, para las malditas mujeres y sus juegos y su histeria. Van a matarme un día.
-Tú lo has dicho, amigo-.
-Y Lydia, la bailarina. Quién hubiera pensado que una criatura tan pequeña, tan encantadora… Soy un hombre sensible, tímido. No me hubiera acercado a ella, sólo que, tú sabes cómo son…

Mi maligno espíritu analítico me devolvía a una duda constante. Cada vez que Ritchie volvía a arremeter con una historia inagotable en jugosos detalles sobre una mujer determinada y sus locuras, yo me preguntaba por cómo hacia él para conocerlas, por cómo lograban engatusar su alma demasiado sensible ocupada en etéreas tareas sublimes y convencerlo de ir a la cama con ellas. ¡Qué poder tan demoníaco tendrían para arrancar a un hombre del estado armonioso que provoca estar avocado a una pasión tan noble, inmaterial, como lo es el arte!
Antes de largarme del lugar, anoté en mi libretita que la especulación, el análisis frío, implica una falta importante de cariño. Maldita sea.

Sobre 50 sillas de ruedas (que no existieron)





Muy pocos lo recordarán todavía. O tal vez lo recuerden, son, somos gente muy callada. Nunca se sabe del todo lo que piensa el otro, si es que pudiera pensar bastante o sólo pensar algo. Somos gente callada. Tal vez ninguno sea muy listo tampoco, pero siempre supimos lo que es importante, de un modo u otro. Tal vez Dios no nos puso en Coronel Olmedo para pensar en las cosas, pero nos dejó saber siempre qué hacer.
Entonces tal vez muchos lo recuerden, o sólo recuerden algunas cosas, lo más importante del asunto. Pero también recuerdan que no es importante recordarlo. Nadie en el pueblo propuso jamás conmemorar esa historia, ni a los héroes que la protagonizamos. O quizá no es héroe la palabra, pero por estos llanos secos y desiertos no hay mejores razones para usarla. Un pueblo de héroes, de hombres decididos y de hombres de honor. Y si eso no es lo que hace de un hombre un héroe, entonces por mi madre que no lo sé.
Tal vez otros lo tengan menos presente. No sé cómo se recordará en las afueras; nunca fui más lejos de Coronel Olmedo que hasta El Lagunar o Las Cuestas, a conseguir mercaderías. Y ellos no son muy distintos de nosotros, aunque todas las casas tienen televisión y varios teléfonos celulares. En la época en que se originó la historia que quiero contar, los tres pueblos eran iguales, incluso Olmedo podría haber sido visto como más grande. O soy yo solo el que quiere pensar eso.
Cuento estas historias porque soy un hombre viejo, que recuerda cosas. La vida de un hombre es hacer y hacer hasta que ya no puede hacer más nada, hacer el amor ni hacer de comer, o ni siquiera mear, que es hacer pis. Y después queda únicamente la posibilidad de recordar lo que se hizo. A veces se lo recuerda aplicadamente, sin empañarlo de nostalgia, y se lo recuerda muy bien. A veces se lo recuerda babosamente, como emplastado en algo tibio, y no se recuerda un carajo, o se recuerda lo que a uno le viene en gana. Conozco bien mis recuerdos, he pensado bastante en ellos, tal vez sin pensar muy correctamente, pero bien recordado, eso sí, cada pensamiento sobre cada recuerdo.
Y este es un recuerdo de los buenos, porque yo era algo más joven hace treinta años, era lo que llaman un hombre hecho y derecho, y hasta quizás pensara mejor.
Fue, no se cuántos lo tendrán presente, en la época de la guerra con Chile. En realidad nos enteramos más tarde de que no hubo ninguna guerra, de que vino el Papa y les explicó a los presidentes que la guerra nos predispone mal en el cielo. Hasta hoy pervive el mito de la excomunión de Pinochet por aquél año. Y puede que sea cierto. Se han dicho tantas cosas sobre Pinochet que no parece haber nacido de cristiano.
En resumen, no hubo ninguna guerra. Pero casi hubo una, y acá en la Patagonia el límite con Chile no existe, es un dibujo que se hace todos los días, moviendo seis o siete piedras del lado argentino al chileno y viceversa. Y como era lógico, se reclutaron hombres de los pueblos cercanos al área limítrofe, aunque es posible que no entiendan ustedes el “cercano” del mismo modo. Coronel Olmedo, nuestro pueblo, está doscientos kilómetros al este del límite argentino-chileno. Quizás eso les parezca cercano, quizás no.
Ahora sabemos bien que no hubo ninguna guerra. Pero en aquél momento, a doscientos kilómetros de Chile, y aún a pesar del frío seco y ventoso, todos en el pueblo pensábamos o recordábamos como si la guerra hubiera estado ahí desde siempre. Nadie entre los mil habitantes de Olmedo era chileno o ninguno de ellos estuvo acá por mucho tiempo. El joven marido de una muchacha, sobrina mía… creo que él era chileno, o tenía padres chilenos, o el acento. No lo recuerdo bien. Creo que huyó con la guerra, o se convirtió al cristianismo y permaneció en el pueblo. Tal vez haya cambiado el acento y nadie pudo saber si era verdaderamente chileno.
Ninguno de nosotros era chileno, y muchos se propusieron a sí mismos y a sus hijos para las conscripciones. La gran mayoría de los hombres del pueblo, que no alcanzaban a formar un batallón, se propusieron a sí y a sus hijos, pero el Intendente, seguramente el hombre más sabio y el mayor héroe de esta historia, nos hizo notar algo. Si la mitad de la población iba a la guerra, nadie podría permanecer para ocuparse de sus ovejas, o de sus cabras, ni de su familia o sus negocios. El Intendente nos mostró algunos porcentajes que había hecho. Las cifras, significaran lo que significasen, se mostraban aterradoras.
Tal vez es por estos detalles que me gusta recordar esta historia. Pocas veces en la historia un pueblo tuvo que decidir tantas cosas y tan importantes tan rápidamente. Y como les recordé, siempre podíamos saber qué hacer, aun si no podíamos pensar con mucha claridad, ni entender por qué las cifras podían mostrarse aterradoras.
Decidimos, porque era a las claras lo más conveniente, enviar un diez por ciento de lo que queríamos enviar. De los casi cuatrocientos hombres y jóvenes que podían alistarse y defendernos de los chilenos, se enrolaron sólo cincuenta, y porque redondeamos en quinientos la cantidad de varones aguerridos. Y no es que quisiéramos sentirnos un pueblo más grande ni mucho menos, era sólo por una cuestión de matemáticas.
Un avión militar que podía aterrizar en la ruta pasaría a buscar a los conscriptos para trasladarlos a un cuartel en el que se estaban organizando las tropas fronterizas. Nos sorprendimos de que un avión pudiera aterrizar así, en cualquier parte. Pero, como me dijeron, era militar, y las innovaciones siempre llegan por ese lado, por el interés que generan las armas. También nos admiró, pero también nos llenó de coraje, saber que la guerra ya se nos venía encima, que mañana o pasado empezaban los bombardeos y la invasión a las islas del sur por las que había empezado todo el conflicto hasta que vino el Papa. Igual, como ya dije, no sabíamos que el Papa iba a venir, y pensábamos que nuestros cincuenta hombres defenderían la Patria con valor, o que por lo menos llegarían hasta la guerra. Fue acaso por eso que no enviamos jóvenes, y decidimos el enrolamiento de hombres maduros, de más de treinta años. Por eso y porque previmos el horror que después nos iba a mostrar la guerra enserio, la de Malvinas por la que el Papa no se molestó en venir. El horror de un pueblo sin gente joven. O no lo previmos, porque no lo consideramos ni pudimos recordarlo, pero supimos bien qué hacer.

El avión tuvo un desperfecto y se estrelló contra la misma ruta desde la que despegó, veinte kilómetros al oeste del pueblo, en dirección a la frontera. Fue un accidente grave, esos veinte kilómetros le bastaron al avión militar para ganar una altura enorme, y sin embargo nuestros hombres no perecieron al caer. Eran hombres fuertes, antiguos petroleros que amaban la calma del sur, ovejeros y cabreros pero sobre todo hombres de bien. Y ninguno de los cincuenta murió, lo que ya era una suerte porque los operarios de la aeronave no lo consiguieron y murieron en el instante del impacto. Pero la desgracia nunca se evita del todo, o tal vez de ningún modo. Tal vez encuentre otras formas para inmiscuirse en la vida de un pueblo amable y tranquilo, y no se conforme con la muerte pero sí se divierta con la posibilidad de lisiar el diez por ciento de un pueblo. Y así fue como nuestros cincuenta hombres quedaron vivos, todos vivos, la mayoría casi ilesos, pero sus espinas falladas por el golpe. Todos quietos, imposibilitados de moverse por sí mismos. Como lagartijas. Todos lisiados, con las piernas de adorno.
Y el azar se habría ensañado con ellos o con nosotros, porque también quiso que los hallaran pese a la tontería que cometieron de arrastrarse con sus brazos, como lagartijas, lejos de la ruta. Lo hicieron porque eran hombres fuertes, de grandes brazos, y porque temieron que un accidente en la ruta los aplastara. Y en realidad no era que pasaran muchos camiones por esa ruta, tan derecha hacia Chile y la guerra, pero ellos no podían saberlo y pensaron mal pero decidieron bien. Y por eso los encontró un sheep militar que los trajo de vuelta a casa, en tandas de cinco. Fueron varios viajes de veinte kilómetros para el sheep, y cincuenta en tandas de a cinco son muchas tandas. Vimos durante el día, durante casi toda la luz de un día entero, como los iban dejando en la plaza principal. Y los dejamos ahí, no sólo porque ninguno precisaba atención médica, sino porque eran grandes y pesados y difíciles de mover, y porque queríamos esperar a que volvieran todos y saludarlos con el honor que les correspondía. Así que vimos cómo durante todo el día la plaza se iba poblando de lisiados como lagartijas.
Y aún si la guerra hubiera aunque sea sólo comenzado, si se hubieran disparado algunas balas y soltado algunos cañonazos, si al menos nuestros hombres hubieran sido valientes veteranos caídos en la guerra, tal vez en este caso la historia permanecería en nuestra memoria, llena de un sentimiento de honor o de gloria. O si al menos el gobierno hubiera enviado las malditas cincuenta sillas de ruedas.
Muchos, pero sólo después de algún tiempo, comenzaron a sospechar, o sospechar no es la palabra, porque para hacerlo primero habría que poder pensar sólo un poco, pero a intuir, tal vez, que si nuestros hombres hubieran tenido su guerra, el gobierno habría mandado sus sillas de ruedas. Nunca lo hicieron. Esperamos. El Intendente mandó cartas, muchas cartas, y esperamos el camión con las sillas de ruedas que devolvieran al pueblo, sino su honor herido, al menos la posibilidad de moverse, de rodar por sus calles de alquitrán arenoso. Nunca llegaron.
Digo esto porque es importante. Hubiera sido importante la guerra para nosotros y nuestros paralíticos que no eran veteranos, ni heridos de guerra, sino víctimas de la desgracia y los desperfectos de un condenado avión militar que podía aterrizar en cualquier parte pero que no podía recorrer veinte malditos kilómetros sin venirse abajo y lisiar a un pueblo. Y, para colmo sin sillas de ruedas en este desierto.
Bueno, y como dije, el pueblo, nosotros, que no podíamos pensar del todo claramente, pero que siempre podíamos decidir bien, tuvimos que decidir. Decidir rápido y decidir mucho, decidir cosas muy importantes. Decidir qué hacía el pueblo con sus cincuenta hombres sin piernas y sin ruedas. Y el Intendente estableció una Asamblea en la que todos nosotros participamos y decidimos y fuimos héroes, porque al final salvamos al pueblo de que la arena y la falta de sillas de ruedas se lo tragaran. Hay que saber decidir cuando se vive rodeado de un desierto siempre dispuesto a comerse los chatos edificios de un pequeño pueblo.
Ellos, los lisiados, eran importantes para nosotros. Eran nuestros hombres, y queríamos atenderlos. Estábamos ocupados, teníamos que trabajar y mantener el desierto a raya, trabajando duro para que el pueblo creciera, pero nos preocupábamos por nuestros hombres. Entonces la Asamblea tomó su primera e importante decisión, y se ató a cada uno de los cincuenta cuellos de los cincuenta lisiados unos pequeños cencerros, para que pudieran avisar a la distancia en caso de necesitar algo, cualquier cosa. Fue una decisión sabia, quizás no demasiado, porque cuando todos estaban trabajando nadie podía oír las campanillas de los paralíticos, aún si se molestaban en hacerlas sonar, pero había que decidir y decidimos eso.
Pero la desgracia permanecía entre nosotros y entre ellos, no quería alejarse de Olmedo por ninguna razón. Uno de los caídos, uno que permanecía tranquilo en su mecedora, absorto en su estolidez, oyendo el débil repiquetear de su pequeño cencerro… quiso alcanzar algo, algo un poco alejado para el alcance de sus grandes brazos, nadie sabe bien qué ni cómo porque nadie estaba allí para oír su campanilla. La cuestión es que, desgraciadamente, se cayó de su mecedora al cubículo con agua para los caballos y se ahogó, lentamente. Y nos vimos obligados nuevamente a decidir, y esta vez a decidir mejor, a decidir bien del todo, porque a nadie le gusta decidir sobre la vida ajena. Y como el problema fundamental no era el no poder atenderlos, porque ninguno necesitaba muchos cuidados después de todo, volvimos a centrarnos en la cuestión de la movilidad. No teníamos las sillas de ruedas, el gobierno no nos las enviaba y no había otro modo de conseguirlas, hacerlas traer de buenos aires ni nada. Eran costosas y el transporte hasta aquí multiplicaba su precio. Y entonces volvimos a decidir, esta vez casi iluminados por una inteligencia sombría. Y construimos para nuestros paralíticos cuarenta y nueve carritos de rulemanes. Pasaban varios camiones por el pueblo, y los rulemanes no eran precisamente un bien escaso, así que la decisión se nos presentó, al menos al comienzo, sabia, o al menos suficientemente sabia. Y perdimos tres días de trabajo que podrían haberle robado al desierto algunos centímetros de pueblo, para construir los carritos de rulemanes.
Y montamos a los cuarenta y nueve hombres en sus cuarenta y nueve carritos y dejamos pasar los días, para sentir la mejoría como una brisa cálida cuando comienza. Pero esperamos en vano, y después desesperamos en serio. Porque al momento de la decisión no habíamos considerado la topografía de la meseta, toda lisa, siempre llana, en la que los carritos están siempre precisando empujones ajenos y se vuelven tanto o más inútiles que los cencerros atados a rocas con brazos. Después de una semana, muy pocos de los cuarenta y nueve lisiados se habían movido bastante o sólo algo de su lugar original, en las ociosas puertas de sus casas.
Y hubo una tercera Asamblea, que duró toda una tarde en la que no se trabajó. Era importante y estaba bien entregarle a la decisión el tiempo que ella precisara. Y meditamos, y el intendente calculó costos y porcentajes y salimos de la casa de gobierno con una idea nueva y genial, que solucionaría todos los problemas. E invertimos una semana de trabajo contra el desierto para construir un complicado sistema de rampas y planos inclinados en los que los lisiados a rulemanes podrían desplazarse necesitando sólo una pequeña cantidad inicial de impulso. Fue agradable ver el pequeño pueblo con sus pequeñas rampas de madera por todas partes, y los carritos llevando a los paralíticos de aquí para allá, a toda velocidad.
Pero la desgracia vivía entre nosotros, y el mismo día en el que terminamos de instalar las rampas, vimos como tres carritos se dirigían rápida e inexorablemente hacia la ruta, con sus rulemanes sin frenos hacia la ruta en el preciso momento en que pasaban dos camiones. Y tuvimos que ver cómo eran aplastados como sapos.

Como dije, nunca nadie en el pueblo fue ninguna de las dos cosas: ni chileno ni muy inteligente; pero también siempre supimos bien qué hacer. Y aún después de decidir mal tres veces, y todavía después de ver cómo nuestro poco dinero y nuestro precioso tiempo se iban por la cloaca, y aún sabiendo que no era por culpa de nuestros cuarenta y seis lisiados su desgracia que los perseguía y nos perseguía también a nosotros, sabíamos qué podíamos hacer. Y es por eso por lo que digo que fuimos héroes, es porque fuimos valientes y decididos y no dudamos en hacer siempre en primer lugar lo correcto. Y después de que el Intendente nos mostrara ciertos gráficos que había hecho, que mostraban cifras aterradoras, y que sopesáramos los pros y los contras de mantener en el pueblo a cuarenta y seis lisiados que no podían trabajar y que ni siquiera podían al menos moverse, pero que tenían que alimentar sus cuarenta y seis pesados y grandes cuerpos llenos de un valor que nunca podría probarse...

Y si bien esta es la cosa más particular que ocurrió en este pueblo e incluso en toda la región, no muchos la conocieron y muy pocos aún la recuerden. Y pese a nuestro heroísmo, preferimos la humildad y evitamos la fama, y muchos olvidaron cómo mandamos a los hombres sobre sus carritos a rulemanes al mar sin límites, y ninguno tampoco la comentó con gallardía o con vanagloria, aun pese al heroísmo necesario para hacerlo.

viernes, 28 de noviembre de 2008

sábado, 15 de noviembre de 2008

Crítica a la literatura de purgatorio (literatura de purgatorio).



El tipo, visto desde lejos, parece positivamente un pelotudo. Claro, el problema con eso que llamamos la conciencia es que siempre se la ve de lejos. Nada más inaccesiba, indomable, y, en definitiva, nada más inobjetivable que esa nada que es la conciencia. Esta breve reflexión no pretende ser una defensa del tipo que, escuchando una y otra vez cinco tangos podridos, “parece un pelotudo”, dándole y dándole a la máquina de escribir. Si se me permite una opinión, creo que estos elementos son incluso agravantes de su presunta pelotudez. Digamos, la máquina de escribir, por ejemplo; aceptémosle la fotofobia del mal humor (él diría el desengaño y el dolor punzante en la nuca, pero no seamos permisivos con la depresión), aceptémosle, decía, la fotofobia y la consecuente imposibilidad de mirar fijamente el monitor de la computadora. Él diría que a mano es sencillamente imposible y que su caligrafía críptica y neuróticamente pequeña es ilegible, por momentos, hasta para él mismo. Aceptemos todo esto, pero no dejemos de recordar que la máquina de escribir, a finales de la primera década del siglo veintiuno, es más una fantochada de pretendido bohemio que un arcaísmo pintoresco. Ahora pensemos el tema este del tango. Otro arcaísmo, se sabe, pero también como la máquina, algo más grave que la mera nostalgia por un pasado nunca vivido. No puede hacerse el otario: un tipo inteligente, y como todo tipo inteligente, un pelotudo, le dijo una vez que el tango le disgustaba por ser música de fracasados y, por extensión, de carnudos. Ahora el pelotudo que le pega a la máquina de escribir sabe que comparte con el otro, con el pelotudo de la frase sobre el tango, esas dos condiciones: carnudo et fracasado. A uno le gusta el tango y al otro no; azares del autoconocimiento, no todos reaccionan igual al descubrirse fracasados y/o carnudos. El último dato que compone la patética escena es menor, casi anecdótico, y en la literatura hasta está tenido por muletilla: fuma. Por si alguien precisa algún dato extra sobre este hecho, cabe agregar que su fumar es una reincidencia , y como todo recaer (la palabra es autoexplicativa) contiene un matiz de cierta culpabilidad hipócrita y autodespreciativa o autoconmiserativa, da igual.
Un párrafo entero, y ¿qué tenemos? Un tipo –se nos lo presenta como un pelotudo- fumando, escuchando tango y escribiendo en una máquina a tales fines. Tres lugares archicomunes si los hay. Algunas consideraciones, entonces, imprescindibles para el lector iniciado en la crítica literaria:
- No se debe confundir al personaje con el narrador, aún menos a éste con el autor (ni mucho menos la última variante, al autor con el personaje) hasta que se demuestre lo contrario.
- El principio de generosidad es un principio de-generativo: No todo texto es literario sino más bien al contrario. A riesgo de que se nos critique por clasicistas ano adheriremos a la convención que dicta no tratar como artístico a un texto excepto que las instituciones lo hayan canonizado con antelación. En lo que respecta a este puntualísimo y particular escrito, lamentamos informar al lector que aún estamos a la espera de la certificación pertinente. Fuentes fidedignas nos informaron cierta irregularidad en lo que respecta al Colegio de Escribanos. Se solicita al lector no pierda la fe y que, a modo de excepción, aplique el principio de generosidad al presente texto hasta el, se espera, pronto arribo del papeleo indispensable.
- La literatura romántica tiende a la cursilería –esto es casi un refrán popular. En consecuencia, es recomendable no catalogar de romántico un escrito hasta la detección probable de elementos de pobre y mal gusto. El autor sugiere calcular la cantidad de veces que la palabra amor o sus parónimos se presentan por párrafo: de poder realizarse esta sencilla operación, sin importar el resultado del cálculo, el lector puede tener la certeza de estar leyendo literatura romántica. Otras variantes igualmente aceptadas son el experimentar una leve sensación nauseosa cada dos páginas o la sospecha de que las relaciones entre los personajes son tanto o más profundas que las que el lector puede evocar de entra las suyas propias.
Sería posible, pero no por ello recomendable, prolongar las anteriores advertencias al lector crítico. Tampoco es cuestión de caer en erudiciones prescindibles de ese elitismo un poco facho que a nadie gustan. El tango y los cigarrillos, por el contrario, gozan de mayor estima popular. Volvamos entonces a donde dejamos a nuestro pelotudo, escribiendo, tarea sublime si las hay; sentado en la cama incómoda, fumando como un condenado a muerte en la antigua y remota Rusia zarista. ¿Qué palabras hermosas y oscuras convoca en su rito literario? Cito, para no dejar al lector en el sinsabor de la dulce, dichosa ignorancia:

“Figurate un beso de esos que te dejan pensando No G. no digas estas cosas que yo sé que te van a lastimar Dejame, no me cortes que estoy inspirado. te decía que te imagines uno de esos besos que después, cuando me vaya, te invitan a la reflexión No G. no más besos, esto se acabó y no puede ser más al menos por ahora Shhh, mirá, es así, me acerco, tengo algo en los ojos, una seguridad y una sensación mohína de un absurdo desdibujado que te inquieta. retrocedés dos pasos y después te quedás quieta. no lo sabés, pero me estás invitando a que siga. me decís que me vas a pegar una cachetada, pero sé que ese futuro verbal refiere a un tiempo distante de nosotros en por lo menos cinco minutos. cinco minutos, pienso, alcanzan para un buen y largo beso. me acerco del todo, hasta que, bajando la cara, se chocan nuestras narices. sos linda, pienso, qué injusticia que uno sea sensible a estas cosas. plic una vez, dos segundos y plic una vez más como algún tipo de escaramuza No sigas No sigas, me decís, pero te beso de nuevo y me quedo ahí, ya definitivamente. una boca se abre (la mía, soy un atolondrado) pero casi instantáneamente (y me cago si el adjetivo que tengo en la punta de la lengua no es el trillado “mágicamente”) empiezo a sentir un blando, una lucha que termina: no te das cuenta y vos también ya está ahí conmigo, metiéndote adentro mío con tu lengua como (permiso para el plagio) un río o un movimiento de peces de colores… Basta, enserio basta G. La noche es fresca, se siente cómodo, yo me siento literalmente genial, llevás tu mano a mi espalda y siento que me apretás como si fuera a morirme. es como para asustarse, en el fondo me estás matando, pequeña hija de puta. No me doy cuenta y se nos van esos minutos. el beso fue bueno, puedo sentirme orgulloso, no te vas a olvidar de mí tan fácil Estarás contento, pelotudo Pará que no terminé, respeto al arte, mujer, será de Dios, criatura insensible. en qué iba… ah, sí, que como si tuvieras algún infierno de relojería adentro me das por terminada con mi última (o al menos por ahora última) oportunidad de hacerte recapacitar. me mirás y me doy cuenta de que si no fueras una mujer me comerías nuevamente, sin un puto pero mediante. claro, sino fueras la mujer que sos el que rehusaría sería yo. una ironía, mía, tuya de los dos o de nadie, que tenga que escribir, sentime, ESCRIBIR un beso”

Y antes de poder terminar la frase nuestro pelotudo cae muerto, seco y en redondo, víctima de un paro cardíaco. Este tipo de súbitas muertes se han ido haciendo más y más frecuentes en los últimos tiempos en nuestra mediterránea región, por lo cual le lector no debe sorprenderse ni reclamar falta de plausibilidad. De hecho, una muerte de esas da para los aplausos. Nadie puede dejar de admirarse por cómo este sencillo y estrictamente involuntario acto, el de morir, hace del difunto un objeto del respeto y la benedicencia en general. Pese a la rareza de este popular fenómeno no puede quien suscribe ignorar la fueza que en él ejercen las costumbres en el seno de las cuales fe criado y, por lo tanto, haciéndose eco de esta sólida práctica popular pasaremos a guardar un minuto de silencio en honor de nuestro querido amigo ( ) y, como corresponde a quien lo conoció mejor, lanzaré una injuria al viento contra la histeria típicamente femenina cifrada en aquella, una de las últimas frases que el genial poeta ofreció al mundo, ese “por ahora” grisáceo con el que su personaje femenino matizaba la contundencia que requiere toda despedida que se precie como tal.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Stream of consciousness


Y otra vez la roña y otra vez cuando está Toby durmiendo esa vómito cuando la escucho ah ah ah una y otra vez hasta arriba, la zorra Con Toby durmiendo además pobrecito zorra pobrecito durmiendo mientras vos con el otro agarrados como un bicho de dos espaldas una cosa que se frota mojada. Yo los vi esa vez hace poco Toby no estaba durmiendo estaba en el jardín pero como yo me hice la enferma no fui al colegio zorra y otra vez dale al Tío en la habitación cuatro veces esa semana que Papá viajó al interior por el trabajo Los dos y vos arriba gritando arriba de él yo los vi.
Y cuando Papá vuelve siempre a lo de Úrsula vieja babeante colgante vieja a dormir en lo oscuro y la vieja afuera deambulando afuera y yo y el Toby también pobre ahí condenados zorra para que vos y el viejo estúpido viejo viaja siempre siempre y contento él vos también ahí nomás el Tío o el tipo del tennis o ese que vino una vez no me acuerdo morocho rulos una tarde Toby no me acuerdo si estaba. Y la vieja, afuera. Le da al Toby de comer asquerosamente se lo llena todo de comida al babero, no tiene pulso la vieja colgante y se le mueven las carnes abajo del brazo hamacadas y tiradas por la gravedad vieja horrible -AH AH AH- ¡dejame pensar siempre se mete el ruido y me hace como una nada abajo en el vientre como una gana de vomitar o mejor de ir corriendo y vomitarlos a ustedes vomitar toda la cama y las colchas y la ropa y a ustedes el colchón las colchas zorra vomitaría en todo! Dejame por lo menos no dormir al lado del Toby dejame contar ovejas y más ovejas y vos dale nomás acostada con el Tío sabiendo perfectamente que escuchamos porque la pared es finita o estará agujereada o filtrada con algo pero vos sabrás que se escucha perfectamente, igual que si estuvieran acá en el cuarto La cama matrimonial huquihuiquihuiqui siseando nosotros sintiendo hasta eso al lado mío y las descargas los orhh como golpes suyos y vos como una loca zorra en el medio nuestro dejame dormir por lo menos.

lunes, 15 de septiembre de 2008

How to dig a hole in somone else's mind (otro cuento sín título)






Octubre.

Segunda semana.
Notas del nuevo paciente, Sebastián Ortega. Este sistema es un más un experimento que un ejercicio de psicología. Recuerdo haber leído de esto en una revista norteamericana. Ellos, los norteamericanos, han mostrado tener menos resquemores y urticarias morales con respecto al estudio de la Psique que sus pares del sur. A propósito de esto, tomo nota de que mi amigo el Sr. Fernández (escritor, psicólogo, metafísico) ha prometido entregarme en préstamo cierta bibliografía del yanqui James. Curiosamente no se trata del Henry, el escritor, sino de su hermano menor, William, que le viene a la zaga en fama por sus amplios estudios en psicología; todo esto a dicho del Sr. Fernández, aunque en boca de él de una manera más graciosa que no sabría reproducir.
Aún desconozco en qué posición teórica fue concebida esta curiosa e interesante práctica. He sido cuidadoso y he tratado de comentar con muy poca gente sobre este nuevo ejercicio, y principalmente me he guardado de comentarlo con psicoanalistas. Mi buen amigo el Sr. Pellegrini me advirtió que podría solicitarse que se me removiese la licencia si se armaba un escándalo a causa de esto. Yo creo que son exageraciones. Aún más, conste la siguiente predicción: en veinte años tendremos acceso a un registro común magnetofónico de observaciones psicológicas. Se hará posible la confección de un mapa mundial psicológico, aunque habría que indagar el margen de personas que a él tendrían acceso en ese caso. En uno u otro caso, la opción no deja de ser interesante.

Tercera semana.
Ortega es un hombre tímido, tal vez demasiado. Tiene la frente amplia y cuadrada, unos ojos separados fríos y muertos, una constitución física poco saludable. Un diagnóstico fisiológico le sería desfavorable. Bien podría ser uno de los personajes del genial novelista ruso, Dostoievski. Digno es de anotar la excelente sensibilidad psicológica de estos literatos rusos. De mediados del siglo pasado hasta hace apenas unas décadas, hemos visto publicarse volumen tras volumen de una exquisita literatura psicológica. Las vanguardias locales empiezan a renegar de ellos, como les es necesario si pretenden seguir ubicados “avant la garde”, pero sin miedo de que se me considere reaccionario podría afirmar que desistirán, como lo hicimos notros, de sus parricidios intelectuales.

Notas tomadas antes de la tercera sesión, mientras espero que sea haga la hora:
Algunas observaciones sobre la conducta del paciente. Es ostensible su carácter débil, su pusilanimidad, su constante dubitación antes de todo y ante todo. Un dato aún más extraño: calló cuando le pregunté, durante la sesión pasada, la causa de que acudiera a mi consultorio. Calló con turbación, ocultaba algo. Le pregunté si sabía que yo no era un psicoanalista ortodoxo y me contestó que no sabía cuál era la diferencia entre la psicología y el psicoanálisis.
Esto no me molestó como suele sucederme con alguna regularidad. El caso de Ortega es me resulta interesante. He vuelto a leer en dos ocasiones estas dos hojas y me da la impresión de que me están faltando fragmentos, gestos. No me ha sido sencillo trasladar al papel lo que siento que es Ortega. Es vívido, casi tangible.

Cuarta semana.
Ortega, súbitamente, me ha preguntado si estoy capacitado para hipnotizarlo. Afirmó repetidamente que tenía dudas acerca de la efectividad de esos métodos, pero yo observé en sus facciones cierto entusiasmo. Sus ojos brillaban al decirlo y se me figuró que la idea de la hipnosis la habría concebido muy posiblemente aun antes de empezar nuestras sesiones.
Le mentí, le dije que no. Sentí un desánimo de su parte. Quiero ver qué tan importante es esto para él.

Nota entre sesiones:
Ortega se muestra desdeñoso hacia la disciplina que profeso, cuando, sin embargo, viene cada semana a verme. Esto me produce un estupor y una curiosidad: ¿por qué Ortega quiere la ayuda de una teoría psicológica en la que no deposita ninguna esperanza? El Sr. James (Macedonio no recordó nunca prestarme el libro, pero pude hacérmelo traer desde los Estados Unidos por mediación del librero Carlos Almada) observa las conveniencias prácticas de las creencias activas, aun en materias esotéricas o religiosas. Pude ver la enorme afinidad de su pensamiento con el mío y por esto me he propuesto escribirle. Anoto que debo investigar más sobre este “pragmatismo”.
¿Puede ser que el interés de Ortega en la hipnosis sea la razón por la que me frecuenta? La hipótesis no es descabellada. Indagar

Noviembre.

Primera semana.
En esta sesión me he dispuesto a sonsacar de Ortega su interés por la hipnosis. No obtuve, al principio, datos interesantes o que corroboren directamente lo que sospechaba. Por lo que dice, apenas sabe de qué se trata y aún menos sospecha de qué manera se usa en psicología o de qué va el supuesto de un inconsciente al que se acceda por medio de la hipnosis. Sorprendentemente, empero, me dijo después que sabía que “en ese estado uno recordaba cosas que había olvidado, cosas de cuando se era pequeño, por ejemplo”.
Creo que no es arriesgado afirmar que éste sí es un dato relevante a mis sospechas.
Lo enunciaré para que conste de forma prolija y ordenada: Ortega escuchó hablar de la hipnosis no más de lo que él mismo me ha confesado. Algo le ocurrió de joven, tal vez aun de niño, algo que ha olvidado o enterrado profundamente en su conciencia. Si es posible que lo haya olvidado totalmente, tampoco sería una locura tomar más seriamente el pretendido inconsciente del doctor Freud y su escuela. Viene a verme con la esperanza de que yo le devuelva el ese recuerdo muerto. Tal vez haya llegado a la conclusión de que él es en parte causa de su debilidad mental patológica.

Segunda semana.
Ortega me contaba de su infancia cuando le vino un ataque de nervios febril, o fingiendo, actuó como si le viniera. En cualquier caso da cuenta del nivel elevado de su enfermedad psíquica. Una sesión muerta: después de eso tuve que esperar a que se calmara y luego dar un rodeo al tema de la charla. Estaba ansioso por acercarme a ese punto, pero Ortega me ha cerrado el paso. La comparación podría resultar macabra, pero descubrir las mellas en una conciencia es como desnudar a una chiquilla virgen: se trata de insistir, de parecer cuidadoso, de no asustarla, de hacer que se sienta protegida. Con Ortega es más difícil, porque se bloquea si uno se acerca demasiado. El tema resulta de interés, pero he notado que ya no puedo confiarlo a los demás, ya sean colegas o no. No puedo depositar el corazón de Ortega a cualquiera. Es, por lo pronto, mío.

Nota entre sesiones:
Estuve cavilando sobre el trauma emocional del paciente. Posiblemente esté relacionado con el descubrimiento de la sexualidad, yo diría que entre los siete y los diez años. Me complace leer las notas anteriores y confirmar con qué exactitud lo había predicho. No hubiera sido dificultoso, de todas maneras, aun para un estudiante; el hombre tiene una cara de borrego espantosa, y un leve aire homosexual pringoso lo rodea. Cuando está demasiado cerca de mí, siento como si balbuceasen cada una de sus células. Me da asco, pero me temo que sólo me esté permitido decir eso en estas notas. Me apena, por momentos, no poder asumir esa pose de profesionalidad pulcra que muestran muchos de mis colegas.

Tercera y cuarta semanas.
Llegué a la conclusión de que debo acceder a la petición de Ortega e hipnotizarlo si es que quiero saber qué le ocurrió. Dos ataques nerviosos consecutivos en las correspondientes sesiones pasadas me hacen sospechar que no podré hacer que me lo diga por las buenas. Yo mismo desconfío del método, pero mi curiosidad se hace cada vez más grande. Pellegrini vino a mi consultorio la semana pasada y me vio con las notas. De alguna manera adivinó de qué se trataba, y me previno. Dice que es peligroso, y alude a varias categorías de su disciplina que catalogan este tipo de prácticas. Ignora la riqueza fascinante de esta manera de practicar mi arte. Anoto ahora de paso que el mapa universal con el que fantaseaba al comienzo sería muy difícil de construir. Harían falta toneladas del soporte material, se use el que se use, para almacenar tanta información, aunque su utilidad no tendría parangón con ningún otro método para guiarse en el mundo. ¡Imagínese la simple posibilidad de leer a través de nuestro prójimo con total transparencia, de conocer íntimamente la razón de cada uno de sus actos, de poder prever el movimiento del mundo! La psicología debería entenderse como la ciencia primera y más importante, y sólo sobre su base podrían pensarse ciencias secundarias como la sociología, la antropología, la economía y la política. Si esta investigación me deja tiempo, me propongo escribir un tratado teórico que explique minuciosamente este tema.

Diciembre.

Primera semana.
Hoy realizamos la sesión de hipnosis con Ortega. ¡Qué increíble experiencia! Mientras él me contestaba en estado de trance, intenté tomar nota textual de sus respuestas. ¡Oh, qué admirable, el comportamiento de humano! ¡Ahora resulta clarísimo por qué me resultaba tan dificultoso hacer que Ortega me confesara la causa de su turbación constitutiva! Siento una alegría muy profunda y una admiración profesional incomparable. Paso nota de lo que pude apuntar mientras hablaba “dormido”.

Confesión inconsciente del paciente Sebastián Ortega, 25 de Noviembre de 1931.

Pregunto: Dígame, por favor, su nombre y su edad.
Responde: Sebastián José Ortega. Tengo 30 años.
Pregunto: Comencemos, entonces. ¿Qué recuerda de su infancia, Sebastián?
Responde: Todos los años veraneábamos en el campo de tía Lola. Yo me divertía. Ahí tenía que pasar dos meses con la tía y papá y la prima Estela, que era mayor que yo.
Pregunto: Cuénteme más. ¿Cuántos años tenía?
Responde: Diez. Estela tenía doce.
Pregunto: Me señala la diferencia de edad entre usted y su prima. ¿Hay algo más que ahora que recuerde sobre ella?
Responde: Estela era más grande que yo y siempre me mandoneaba. Cuando la tía no estaba jugábamos a lo que ella quería y siempre quería juegos de grandes aunque no era mucho más grande que yo ni tampoco parecía grande como mamá o la tia.
Pregunto: ¿Quiere decirme su nombre y su edad, por favor?
Responde: Me llamo Sebastián y tengo diez años.
Pregunto: Decime, Sebastián, ¿a qué jugaban con tu primita Estela?
Responde: Cuando papá o la tía estaban por ahí Estela no quería jugar a ninguno de sus juegos feos. Corríamos pero ella siempre lo hacía como siempre me miraba con otra cara, para que me acuerde que ese no era su juego favorito.
Pregunto: ¿Te acordás cuál era su juego favorito?
Responde: Uno que no tenía nombre. Yo le decía frota-frota, pero Estela nomás me decía vení y nos escondíamos atrás de una persiana que se doblaba y armaba como una pieza chiquita y triangular con una pared. Si hacía ruido Estela me pegaba fuerte, con toda la fuerza, y me dejaba roja la cara y los cachetes de la cola, y entonces yo me quejaba y hacía más ruido, pero Estela no dejaba de frotarme rápido una y otra vez y pegarme si hacía ruido.
Pregunto: ¿Te gustaba que Estela “te frotara”?
Responde: Me dolía cuando me pegaba pero me gustaba al final. Si después se me ablandaba Estela se enojaba y no quería jugar más y a veces me pegaba peor. Si no, me seguía dando otra vez. Ponía cara de divertida. Yo le tenía miedo a ella y a las caras que ponía, pero me gustaba y me quería casar cuando fuéramos grandes. Yo también debía poner caras raras cuando Estela me abarraba y me frotaba porque se sentía muy raro. Estela decía que no se podía porque éramos primos, y también que no le podía contar a nadie porque me iba a pegar mucho. Cuando terminábamos me hacía cachetearla a ella hasta que quedaba igual de roja que yo. Ella tenía la mano adentro de la pollera mientras me hacía pegarle. Nunca me dejaba mirarle adentro de la pollera. Después papá y la tía nos retaban por jugar a las peleas.

Nota:
La entrevista con el Ortega de diez años se suspende, un nuevo ataque nervioso le adviene mientras está dormido. Los balbuceos se mezclan con un llanto pueril y chillón, la coherencia de su discurso se va diluyendo. Afortunadamente, al despertar, no recuerda nada de lo que hemos hablado.

Segunda semana.
Con sorpresa escucho a Ortega preguntarme cuándo voy a someterlo a la hipnosis. Le miento, le digo que lo haré pronto, cuando esté listo emocionalmente. He decidido no comentar el hecho con nadie.*

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El texto continúa, pero el editor, quien también es el que ha hallado los apuntes, considera prescindible su publicación.




jueves, 11 de septiembre de 2008

Jurisprudencia y ornitología (título provisorio).



Un juicio oral. Una sala pequeña, paredes de madera. Olor acre. El juez, de traje oscuro, entra. La paloma ya estaba de pie.
El abogado a cargo de la defensa, raya al costado, escaso cabello marrón, parejamente pajizo como su existencia, se acomodó la corbata. Había, sí, un algo de nerviosismo, en el sentido literal de la palabra, celular, eléctrico. Tic (como hacen las lámparas). En la cara de los otros se leía: designado por el estado –la acusada, como resultaba evidente, carecía de capital alguno. Se sentaron.
Cuatro fueron llamados a testificar: El portero del edificio, la encargada de limpieza, los inquilinos del departamento contiguo –compartían una pared- y el empleado de mantenimiento de la empresa proveedora de gas. En el discurso de este último se aclaró la circunstancia del siniestro. La única salida de ventilación se encontraba obstruida. Un peritaje posterior comprobó la presencia de un cúmulo de palos secos de un pino cercano, ubicación que coincidía con el domicilio legal de la acusada se sospechaba que, en última instancia, la defensa iba a proponer negligencia. ¿Sería tan agudo como para adoptar un racionalismo francés del siglo XVII y negar la posibilidad de una razón en un pájaro? Por un par de lucas la paloma se hubiera conseguido un kantiano y ahí los quiero ver a saber: pared oeste de la torre “B” del complejo ubicado en avenida tal al etc. Los vecinos, una pareja jóven y su hijo de tres años, no habían escuchado un sonido por tres días. La víctima, un estudiante de vintipico de años, se había “enclaustrado” estudiando durante el lapso, y apenas si se escuchaba el lamento de la puerta cada dos días –la madre rompió en lágrimas-. Un buen muchacho, señor abogado.
Alguien recordó que la fecha de los exámenes finales de invierno era próxima a la del siniestro. La nota del término invierno era explicativa: una cocina utilizada para calefaccionar el departamento consumió, paulatinamente, todo el oxígeno. La autopsia confirmó una cirrosis avanzada y restos de marihuana en el cuerpo. El salto lógico fue estaba drogado, no notó la falta de aire, murió dormido sobre la mesa, babeando un asco, lo encontraron tarde, la saliva era una mancha apenas oscura en la mesa de madera y el cuerpo estaba blandito por el gas blanco y verdoso tirado arriba de la mesa sonriendo como para que el igualmente blando pero voluminosamente lípido portero no devolviera al suelo un pebete semidigerido y otros restos indistinguibles la encargada especificó: con un libro al lado. Alguno se conmovió, seguramente.
La defensa intentó, en varias ocasiones, primeramente inculpar y luego responsabilizar parcialmente al responsable de la instalación del sistema de ventilación. Pobre, no sabía que era el hijo del juez. Los querellantes, la familia del jóven fallecido, estaban bien representados, Monte del Pino fue capaz de mandar a declarar a la paloma. Recordó, luego, durante cuarenta minutos, cómo Aristóteles valoraba la doxa y aquel refrán que reza el silencio otorga. Victoria automática, después de cuarenta y cinco minutos, todos tenían hambre miraba fijo a un lugar indefinido entre la nariz y la ceja izquierda del juez, un ulular la hubiera salvado y sin embargo estoicamente calló y ahora lo mira el abogado defensor se acomodó la corbata, pero se quedó a escuchar la sentencia, estaba acostumbrado a la derrota. Tres del fondo se sorprendieron al escuchar la pena máxima. La decisión se apoyaba en la jurisprudencia y ciertas ventajas materiales. De la reciente ejecución de un conejo había quedado una silla eléctrica a escala construida ad hoc, totalmente funcional, que casualmente se encontraba en el tribunal ese día.
Se resolvió resolver la condena in situ. La defensa protestó por la insistencia de los latinismos, pero el juez hizo oídos sordos. Un policía provincial trajo la sillita. Otro intentó tomar a la paloma, que se resistía. Finalmente, la ataron y conectaron el aparato a la corriente. El juez, sorprendentemente, miró para otro lado cuando accionaron la palanca. Diez segundos después, la desenchufaron.
Murmullo, se paran, se saludan, se levantan. Se van. La paloma es llevada a la morgue municipal.

martes, 19 de agosto de 2008

Fragmento de un fragmento (homenaje a Lucas Silva, in memoriam).


-Eso es sacrilegio, sabías...
-¿Qué? ¿Mear una iglesia?
-Sí, eso.
-No hay drama, soy jesuita, ésta es franciscana.
-Veo...
-Mirá, una mariposa.
-Está agonizando che, metela en la etiqueta, pará que saco el último pucho.
Prendo el último cigarrillo mientras el Flaco mete la mariposa en la etiqueta y me la entrega.
-Tomá, no sé para qué la querés.
-Te diría algo pero no lo entenderías hasta el año que viene. Tiene que ver con gatos y paradojas.
-No ni idea. Vamos volviendo.
-Vamos.
Y volvimos, y hubo invierno, y hubo Vivaldi, hubo más ginebra, hubo corazón roto, hubo orquestas y cosas que ya no importaban. Lo que creo nunca haberle explicado al Flaco es que más allá de la paradoja de Schrödinger, esa mariposa representa la dualidad de la existencia. Esa mariposa es la vida.

Escrito por UTC el 09/06/07, en referencia a un evento ocurrido casi exactamente un año antes.
Hoy, a poco más de un año después, el tipo viene a morirse sin terminar de explicarme lo de Schrödinger. O no.

viernes, 18 de julio de 2008

Chacales y árabes (Kafka)



Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.
Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el sueño; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El gruñido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.
Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:
—Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!
—Me asombra —dije olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales—, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué quieren de mí, chacales?
Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y bufaban.
—Sabemos —empezó el más viejo— que vienes del Norte; en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes, no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos, y desprecian la carroña.
—No hables tan fuerte —le dije—, los árabes están durmiendo cerca de aquí.
—Eres en verdad un extranjero —dijo el chacal—, de lo contrario sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es un desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?
—Es posible —contesté—, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.
—Eres muy listo —dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus fauces abiertas—, eres muy listo; lo que dices se corresponde con nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá terminado.
—¡Oh! —exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido— se defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.
—Has entendido mal —dijo—, según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha vuelto nuestra patria.
Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían agregado muchos otros venidos de más lejos, hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las patas; habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo, de buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.
—¿Qué piensan hacer entonces? —les pregunté al tiempo que quería incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.
—Llevan la cola de tus ropas —dijo el viejo chacal aclarando en tono serio—, como prueba de respeto.
—¡Que me suelten! —grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más jóvenes.
—Te soltarán, naturalmente —dijo el viejo—, si tú lo exiges. Pero debes esperar un ratito, porque siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto escucha nuestro ruego.
—No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello —contesté.
—No nos hagas pagar nuestra torpeza —dijo, empleando en su ayuda por primera vez el tono lastimero de su voz natural—, somos pobres animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.
—¿Qué quieres entonces? —pregunté algo aplacado.
—Señor —gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció como una melodía—. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el que lo logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un aire respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los carneros que el árabe degüella; todos los animales deben reventar en paz; es preciso que nosotros los vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente limpieza queremos —y ahora todos lloraban y sollozaban—, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes soportarlos, tú, de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es su negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. Por eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de tus manos todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo con esta tijera! —Y, a una sacudida de su cabeza, apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre.
—¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! —gritó el jefe árabe de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y que ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos contra otros, tan estrecha y rígidamente los numerosos animales, que se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos fatuos.
—Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo —dijo el árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.
—¿Sabes entonces qué quieren los animales? —pregunté.
—Naturalmente, señor —dijo—, todos lo saben; desde que existen los árabes esta tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin de los tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran obra; cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos; son nuestros perros; más lindos que los de ustedes. Mira, reventó un camello esta noche, he dispuesto que lo traigan aquí.
Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros. Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces. Como irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó, arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los árabes, habían olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mordisco encontraba la arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver.
En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. Los chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera y el desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en el hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares el cuerpo estaba desgarrado. No pudieron resistir; otra vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo; yo retuve su brazo.
—Tienes razón, señor —dijo—, dejémoslos en su oficio; por otra parte es tiempo de partir. Ya los has visto. Prodigiosos animales, ¿no es cierto? ¡Y cómo nos odian!

jueves, 17 de julio de 2008

King Of Poets


Nótense los detalles.
Un trabajo precioso que yo no me tomé.

Toc.



Al caer, la anciana podría haber rebotado en el asfalto. Alguna propiedad física hace que lo vertiginoso de la caída se apague ni bien toque el suelo.
Una mancha oscurece el pavimento.
¿Por qué se quita la vida una persona de setenta años? El inquisidor es uno de los que, como yo, vieron el espectáculo. No sé, le corresponde una voz femenina a mi derecha. Ahí viene la segunda.
Esta era voluminosa, cacheteó el suelo con su piel rellena de grasa, y quedó con media cara contra el piso, el pelo un poco largo revuelto y cubriendo la mirada con sangre. Uno de los niños notó el marrón de su corpiño descomunal, y tuvo una arcada. La madre posó su mano entre su cabello y se la restregó. Todos volvieron a mirar para arriba.
Un resabio de mujer, de la mitad del tamaño de una, bajaba precipitadamente cortando el aire. Al mismo tiempo sentí el viento en la cara y traté de imaginar la sensación. El sonido seco atrajo mi vista como un reflejo mueve a un pescado.
Parecía mirar una incongruencia: un hilo bordeaux pendía del lagrimal, la retina opaca, desarticulada de su función de mensura, contemplación del eco que todavía retumbaba en los edificios, inercia de la explosión viscosa. A manera de una sandía, retoñaba coágulos por una grieta de pelos de gelatina. Confusión. No pueden detener de sus convulsiones al que se encontraba a centímetros de la decisión –o tal vez una súplica, quién te dice-. Grita vocales, gorgoteando la mucosa del impacto. Hubiera imaginado a la muerte algo más líquida, menos concreta. Grita porque se le presenta así: densa, física, casi clínica.
Con la cuarta se dibujaron las incógnitas en nuestros rostros. La altura de donde provenían estaba oculta en lo opaco del cielo comiendo los contornos de las altas torres. Había, en algunas cejas por ejemplo, temor. Posiblemente al no encontrar parangón cirquero para la lluvia de viejas. Algún anciano podría intentar inventar el recuerdo, pero no pude divisar a ninguno en la maraña de cabezas. Tal vez habían previsto el rito y no acudieron para no sensibilizarse. Finalmente, pertenecen a esa última raza humana carente de características justamente propias a la humanidad, principalmente el sexo. Tal vez eran la siguiente parte del número.
Toc.
Se suele tomar al suicidio negativamente: niega la jovialidad, la trascendencia y hasta la concha de su puta madre (La Psicología se encarga de los presupuestos e influencias familiares). Moralina. La cara, aunque sorprendida, no sugiere desesperación.
Está bien que se reventó el cerebro, que ya no cabría en la cavidad otrora asignada. Los rasgos están desfigurados por el impacto, aunque se improvisa una fatalidad trágica en sus intenciones. “Ya no le quedaba nada por hacer”, proponen.
Es lo que hacen cuando no quieren estorbar: ruido.
Toc.
E incluso la escena iba mereciendo los aplausos. El área de unos tres metros cuadrados donde iban quedando depositados los restos iba adquiriendo tonalidades insospechadas. Hasta las caídas, indefinidas en número, diferentes en intensidad, una muerte particular para cada anciana, un fondo que más de fuegos artificiales era de explosiones orgánicas. Seco el sonido a hueso pulverizado y a riñón estacado por costilla: Toc. Húmeda mi sonrisa, y la inconmensurabilidad de la escena.
Yacían depositados cuerpos como para merecer ser ubicados en categorías como docenas. Un semicírculo de gente rígida los rodeaba a prudencial distancia, evitando los más curiosos los eventuales salpicones de fluidos. Cada tres o cuatro suicidios, algún escéptico se apartaba imaginando una nueva estrategia publicitaria, pretendiendo arcadas o consultando el reloj.
La cuestión terminó cuando me vi arrojado al vacío por mi propia fuerza, convencido de los efectos homeopáticos del aire de un décimo piso.
Llega un punto en que no se nota la diferencia entre el sabor de la vereda y el del viento.
Toc.
Cadáver exquisito compuesto en conjunto con Sergio Alejandro Iturbe, a.k.a. Demon/Cleaner.

viernes, 11 de julio de 2008

El gato que sobrevuela el jardín tenebroso.


La Mujer.
La tercera vez que me tocó verlo las contingencias del azar pusieron en relieve alguna sospecha que había cobijado anteriormente. El gato bien podía ser siempre un sueño, hablando más claramente, una ensoñación constante, manifestación hermética y/o esotérica de una idea fija, o bien puro capricho del dios de los sueños, una consecución casual y fortuita de la misma irrealidad, lo que me perseguía.
Dije la tercera porque en ese momento se me figuró que era la tercera vez que lo veía pasar frente a mí, cubierto de las improlijidades de la civilización, lejos del alcance del calefactor y la luz tenue que me arropaban serena y casi equívocamente. Al verlo nuevamente, me supuse dormido por tercera vez en la semana. Es decir, vi al gato como la cifra de mi dormir, como la señal o el aviso de mi abandono de la vigilia. No puedo decir si a ciencia cierta estaba dormido –nadie, nunca- pero, hasta donde yo sé, los gatos no vuelan, los patios no se tornan escabrosos (levemente, una impresión intuitiva, puesto que la disposición, la cantidad y calidad de los elementos que componen mi patio eran los mismos que en esos desgatados momentos que llamo vigilia). Sin embargo el gato aparecía, inevitablemente eso es así, de una u otra forma, y junto con él la impresión gravísima de que mi patio era honestamente escabroso.
El cuadro es certero estéticamente. Es porque no ha dejado de ser, porque sospecho que nuevamente el gato sobrevolará liviano y calmo –nunca noté malicia por su parte, incluso su mirada felina esquivaba matices tétricos para pasar directamente a ser un monólogo que, sin verse privado de cierta perpelijidad que atribuyo a su inopinada capacidad de vuelo, abundaba de todas maneras en una bondad candorosa, esa que estilan otros animales tales como los perros, los elefantes y posiblemente los bovinos todos- las calladas plantas que a mi vista ocultaban la muerte, los setos cortos que no podían disimular su terror, la deformidad de las flores, el mal acechante en cada recoveco oscuro del frondoso siempreverde. El gato planeará tranquilo, aleteará algunas pocas veces, sin remontar demasiada altura, deslizándose suave en el aire y con la gracia de las aves se detendrá unos segundos en mi ventana, con su hocico húmedo y frío –compadezco enteramente al pobre animal cuya existencia, o al menos presencia en mi patio, es indisoluble del clima frío, profundamente frío-, y se alejará rápidamente, sin rumbo o con uno que la oscuridad nunca me permitirá contemplar.
De estos hechos que señalo, por si inverosimilitud, infiero que la presencia del gato es en el mejor de los casos un sueño que se repite cada vez que me abandona el insomnio, en el peor una alucinación de la locura que el insomnio puede causarme, atendiendo a las advertencias que la medicina hace sobre la falta de sueño.

El Gato.
Hoy, al volver del trabajo la encontré nuevamente dormida. El doctor nos avisó –en aquél momento ella estaba despierta- que no había causas fisiológicas para el agotamiento que ella argüía, y que su tendencia constante al sueño le resultaba preocupante y curiosa. No pude ocultar el desprecio que me causó lo poco que demostró preocupación y lo mucho que demostró curiosidad científica ante este extraño mal que aqueja a Claudia. En la última semana, apenas si ha estado despierta cuatro o cinco veces, para comer y asearse, lapsos de no más de cuatro horas, sorpresivos hasta para ella.
No recuerdo con precisión el día en que demoró en levantarse. Esto es extraño, ya que antes de que enfermara la puntualidad de la intuición de sus deberes que algunos llaman reloj biológico, era perfecta. Despertaba cinco minutos antes que cualquier alarma se atreviese a molestarla. A su lado yo, que me admito escrupuloso y ordenado, pasaba por vago y desaplicado, máxime en lo que respecta a la huída del lecho.
Estoy convencido de que está gravemente enferma. De hecho, estoy verdaderamente asustado con respecto a su enfermedad; no la reconozco, no puedo reconocer en ese cuerpo vegetante a mi mujer, la lúcida y activa Claudia, la tía que saltimbaqueaba con Luis y Guadalupe, la asesora jurídica que evitó que yo pagase las piernas rotas de un motociclista borracho y una semana después la habitación del hotel lustroso al que me condujo. Tal vez ahora evoco esos momentos para desalinear el cuerpo inerte que descansa a mi lado todas las noches, y que sigue descansando aún cuando yo ya no estoy, y continúa descansando a mi regreso para no despertar tampoco mañana, con suerte, como quien cabecea de cansancio, abre los ojos y me mira, y sonríe, y vuelve a cerrarlos. He pasado noches enteras en vela y este último descubrimiento ya no alcanza, como en un primer momento, para alegrarme. Supongo que lo hace para descansar de tanto dormir.
Las contadas veces en que se despierta y se mueve, más allá de la lentitud de sonámbulo con la que lo hace, apenas si susurra algunas palabras, como quien repite algo novedoso con el fin de recordarlo. Hace todo mecánicamente, sin pensarlo, lenta pero segura se prepara su té, sin importar a qué hora se despierte, aunque hasta ahora lo ha hecho por la tarde, en horarios no fijos, toma su té, se ducha, se vuelve a poner el camisón, sale al jardín, camina por el como si lo disfrutara, y al cabo de un breve lapso de caminata, vuelve a acostarse.
No responde cuando se le habla, ni siquiera cuando ayer, desesperado al verla pasear por el patio como una autómata, la sostuve y grité fuertemente. Se mantuvo apacible, sin oponerse a mi fuerza sobre sus hombros, sin escuchar una palabra de mis alaridos, si ver una de mis lágrimas.

La Mujer.
El insomnio se mantiene firme, pero mi salud, o al menos mi percepción de mi salud, desoye cuantas calamidades le han vaticinado. Esto me alegra, porque todo lo particular que me queda, todo lo anormal que debería ocurrir en un mes privado prácticamente de ciclos saludables de sueño, se reduce a la permanencia exclusiva del gato volador y el jardín tenebroso en mis ocasionales accesos de sopor. Ha quedado evidenciado para mí que la llegada del gato y el algo en mi jardín obedecen a imaginaciones oníricas. No ha habido cambios sustanciales, pero consigo saber –si hay conciencia en los sueños y luego posibilidad de aprensión de datos a-empíricos y luego conocimiento- que el recorrido del gato volante no es necesariamente el mismo en todas sus apariciones, ni el grado de pavor que la visión de mi jardín me provoca es idéntico tampoco. Pero hay una unidad, de todas maneras. El gato es siempre el mismo gato, y el jardín sigue siendo exactamente mi jardín, tal cual lo reconozco ahora que me admito despierto. Y de esto me queda; en primer lugar, ya un cariño por el animal, primero por el frío al que está condenado a padecer y después por la gracilidad bella de su vuelo; en segundo lugar una expectación no del sueño como actividad de descanso –he olvidado el sentido de esa palabra, ahora hay sólo algo como fiebre levísima y desgano para las tareas pesadas que afortunadamente nunca me veo obligado a practicar producto de mi invalidez y el dinero del Seguro de Desempleo-, sino de volver a encontrarlo, verlo planear precioso y preciosamente, sentirlo vivo y ajeno a mí a pesar de la certeza de que no hay más gato que el que mi imaginación produce al encontrar, como encuentra rara vez, el sueño.

El Sueño.
Límpido-liviano-claro-cómodamente frío-húmedo-feliz-confortable-apacible-veloz-rasposo en la nariz-ahora oscuro-más frío-suave en la nariz el vidrio-silencioso-quieto-calmo-claro nuevamente-rasposo en la nariz-el aire-el viento-verde-oscuro-verde-oscuro-sonoro-pesado-cosquilloso-más frío-rapido-rapidísimo-violento pero seguro-verde-firme-simple contacto en los pies-brillante arriba-giro-elevado-más elevado-oscuro-oscuro-oscuro-resonante-oscuro.

La Mujer.
Leyendo, dejando pasar el tiempo y siguiendo penosamente la línea que las palabras marcan con ritmo confuso, comprendo que el gato no es mío y lo amo aún más. Cifra de la libertad –porque no es un sucedáneo de mis cotidianeidades proyectado en un sueño, sino que independientemente de mí el gato está y es libre y me fascina- me configura como un discapacitado enfermo, persona de escasos accesos al mundo-sueño en el que es feliz. El gato vuela el jardín en tinieblas todo el tiempo; yo lo visito sólo cuando los caprichos de mi psique me permiten.
Si comentara estas conclusiones al doctor, adelantaría el proceso de decretar mi locura a causa del insomnio constante.
Llevo tres meses desde que vi al gato. Duermo dos o tres horas, cada dos o tres días.

El Gato.
Terminé por aceptar las sugerencias del médico e interné a Claudia. Todos los días, al salir del trabajo, paso a visitarla, cada vez con menos convencimiento de que ello tenga algún valor. No sabe ni siquiera que está en un hospital. Continúa la rutina que llevó por tres meses en nuestra casa, pero ahora hay profesionales que miden sus comportamientos, buscando establecer algún patrón sin mayores logros. Los lapsos no son exactos, esto es lo que más exaspera a los médicos, pero aproximadamente cada dos o tres días, por dos o tres horas, se levanta de la cama, arrastra su suero colgando de un caño metálico y sale al patio del hospital. El único cambio es que al no necesitar alimentarse y al ser aseada con algodones húmedos por las enfermeras mientras duerme, todos sus actos de mientras está de pie se reducen a caminar descalza por el patio del hospital.
Admito que mi desesperación tocó su límite un tiempo antes de que decidiera internarla. Admito que estoy viendo a otras mujeres y admito también que su locura, su enfermedad extrañísima la han vuelto algo inhumano a mi vista. Ahora es una mascota excéntrica que despista a los veterinarios con sus peculiares juegos. La incomprensión de lo sucedido me impide sentirme culpable. La visito solamente porque he aprendido a quererla de esta manera, como supongo se querrá a un hermano oligofrénico.

domingo, 22 de junio de 2008

Communication Breakdown (Autodefinido II).



El monstruo:

¿Me presento como dado? Por momentos padezco de certezas. Es grave: no son convencimientos dogmáticos o religiosos; está todo bien fundamentado. Dios sabe para qué… – y acá entra la voz de la esquizofrenia, el maldito espíritu de la contradicción.
Es un dilema constante. Estoy escribiendo. Voy a usar algunas palabras. Dirigiéndose uno en determinadas direcciones, suele terminar pisando ciertos palitos. Vamos –notá el plural- ¿vamos a decir otra vez que el arte, que la feminidad, que la soledad y la autodestrucción, que lo negro, la muerte, lo calladamente lúgubre pero agradable? ¿el remanso de la escalera en la estepa? Y lo otro es cien veces peor. La reiteración de la pose contestataria y darky o el riesgo (no solamente, acá también hay una certeza) de la cursilería a la que ineluctablemente –ya empieza la lírica- me veo arrastrado -¿ y ahora una imagen marina? ¿una figura minuciosa de la sensación del arrastrarse? ¿tal vez llevar el sentido del término al andar de los reptiles y recalcar su condición de repulsivos?- si me quiero escapar de la dulce máscara del abgrund.
-Acá se enoja un poco por la imposibilidad de la opción, despotrica dos párrafos (o tres) contra las mujeres en general. En realidad esto consiste en un engaño sencillo: la generalidad encubre de una impersonalidad segura lo que las particularidades responsabilizan, concretan y finalmente objetivizan (des-cualifican). No es cuestión, tampoco, de perder el tono poético y maricón.

-¿Pasás mucho tiempo solo? (Alejandra)
-¿Estás todo lo solo que deberías estar? (Franz)
-¿Padecés? Pese a la autosuficiencia literaria, filosófica, ¿padecés? (Feodor)
-¿Te la bancás sobre un sistema de relaciones muertas en el que desconfiás? (Fritz)

(Quedaron progresivamente más largas… )

Es una cagada, con este escepticismo unánime que me asaltó ya no puedo darle la parte ficcional del argumento anterior. No puedo intentar el tono de la mina, ni hablar el del otro tipo. Hasta simbológicamente el triángulo no es una cosa muy linda. Filosos los bordes.
El argumento, entonces, tiene que quedar así:
Los otros dos personajes carecían de ontología, eran accidentes, dependían de otro (el esquizofrénico) que, no queda otra, tiene que ser también el narrador. Suele ser el típico caso de la escritura, la relación del autor y los personajes.


La fotografía corresponde a Sergio A. Iturbe, a quien se agradecen la generosidad del empréstito artístico y la agudeza estética de la composición visual.

miércoles, 11 de junio de 2008

El Tiempo de Endimión



Recuperar el mundo griego y su tiempo que nunca dejará de repetirse no es el afán de este relato. Tampoco repetir aquel in illo tempore que exige el mito y que Ovidio sabía enclaustrar en el taxativo rigor de sus hexámetros. Estoy queriendo hablar justamente del hombre que, previendo tal vez la necedad que nombrar el tiempo implicará siempre, optó por salvarse del terror que un destino prescrito supone. Libre de las tragedias que urdirán otros después de él, Endimión, antes que salvarse de su finitud, quiso salvarse del horror del tiempo.
La Historia prefirió ahorrarle la lectura –posiblemente ignorara la magia de descifrar esos síbolos- como también supo salvarlo de la Filosofía y sus áridos complejos fastuosos e innecesarios. La corta vida de Endimión transcurrió entre ovejas y paisajes a los que la bucólica rendiría innumerables homenajes reiterativos. Desconoció los secretos que admiraron a los hombres de su época, la posible realidad de los números y las matemáticas, el conocimiento del futuro en las entrañas de las aves, los éxtasis caóticos en los que el hombre y la naturaleza se fundían, en los que se desdibujaban los géneros, en los que el placer agitado y la calma silenciosa proferían los mismos gritos ocultos. Endimión fue hasta su juventud hijo de pastores, criador de ovejas. Bebió el vino agrio que la miel mitigaba y se preparó para el combate siempre latente entre las ciudades. Un solo hecho ocultó a sus paisanos, uno que descartó por inverosímil y en demasía extraño: en la contemplación de la luna a la que se daba cada noche, supuso que el movimiento silencioso y exhaustivo del firmamento no podía ser distinto del ciclo entre vida y muerte al que obedecían el pasto de su ganado, las estaciones del año, el permanecer ilusorio de su linaje. Se obstinó desde la infancia en seguir los giros que la luna da a sus faces, y su amor por Selene, dice el mito, le fue correspondido.
No puede un relato que no quiera introducirse en la descripción de lo fantástico relatar los pormenores de un amor entre la Luna y un mortal, pero lo cierto es que Selene veía en los ojos de Endimión una preocupación sórdida, real, como aquellas de las cuales los hombres escapan y que los Dioses, sin poder ignorarlas, soportan parejamente a su inmortalidad.
-No soy un Dios, Selene, pero viéndote antes de tu llegada pude conocer la inmortalidad. Está escrita en el movimiento imperceptible del firmamento en el que moran los Dioses, en el desvanecerse invisible de las montañas y la composición de las piedras, en la muerte y nacimiento de los Eolios de mi raza, incluso en la materia que mi cuerpo toma y desecha. Los hombres se guían por las sombras y sentencian: mañana, tarde, noche. Yo sólo sé que no hay diferencias y que el tiempo es continuamente retornante. Homero volverá a cantar a la musa –como recordaron las abuelas- y yo volveré a decirte estas palabras.
El mito cuenta que Selene indujo a Endimión a un sueño sin sueños fuera del tiempo, en el que su juventud permaneció intacta olvidando que los hombres cuentan días que agrupan en años y que tras los años la muerte llega. Endimión no temió a la muerte, sino soportar la temporalidad que lo constituía. No a la magnitud de su albedrío en una historia que se repetirá, sino que una historia se repita. No hay más tragedia que el tiempo, más allá de los destinos.
Borges no vio a Endimión, ni él a mí, y sin embargo nos adivinó, repitiéndonos los unos a los otros.