martes, 3 de junio de 2008

La mujer de otro



Esta es peor. La peor. Es así porque son cosas que me suceden a mí, y como todos sabemos, las cosas malas son peores cuando es uno a quien le suceden. La impersonalidad verbal salva las responsabilidades y se puede dormir tranquilo.

Puedo confesarlo, suelo representar la inmortal práctica que Poncio Pilatos representa, no ya por antonomasia, sino en carácter de imagen trillada -algunos superlativos mediante-. Y en este caso, la literatura viene a jugar el papel de sustrato material de esta impúdica relación medios-fines. Hay escuelas de crítica para todos los gustos, afortunadamente; siempre podremos hallar quien sostenga las implicancias ontológicas de desdeñar el carácter catártico en la literatura que desde Eurípides La Cultura nos ha venido legando, como tampoco faltarán los místicos que nieguen el autor y desde allí cualquier vinculación posible de un imposible él con la obra.

En todo caso, también afortunadamente, una pretendida ficción tiene la prudencia de no rendir cuentas.


Como el lector sospecharía prescindiendo de esta aclaración, es un teléfono:-Sí. Daniel. Héctor, te habla. No. Creo que no tenés conexión entre mi cara y mi nombre. El cumpleaños de la hermana de Andrea. No, pará, dejá, no importa. No…
Sí. Sé que es temprano.

El que marcó está en calzoncillos, con los pies metidos en dos chinelas de tela verde, por lo demás desnudo y despatarrado en un sillón, fumando con el brazo extendido y el teléfono también verde –supondremos azar el la sospechosa similitud del tono-.El que escucha, en cambio, está acostado, un tanto mareado de sueño e incomprensión de las palabras que le llegan fortuitamente, sin objeto y sin voz, impersonales y absurdas. No sólo está acostado, está arropado bajo un peso indeterminable de colchas y sábanas que dan cuenta de la crudeza del invierno o la friolencia de quien lo soporta. Junto a él –a éste último, que he dado en llamar Daniel- duerme una mujer rubia. Permítaseme aquí una digresión: Debe haber una formalización matemática entre la sensación de belleza que una mujer emite al hombre que la contempla y la cantidad de ropa de cama que la cubre, sobreentendiéndose que ella esté desnuda bajo las sábanas. La matemática, como cualquier lenguaje, en última instancia, da para cualquier cosa.
Me faltó aclarar que el primero, quien tuvo la decisión de tomar el aparato e iniciar la oscura y breve conversación, está positivamente ebrio, y posiblemente lleve un tiempo sin dormir. Es uno de esos sórdidos personajes que alguna literatura ha aprovechado sin demasiados miramientos hasta secarlos de cualquier connotación poética de precio: un melancólico, un alcohólico, acaso un poeta.

Siguen:
-Escuchame. Tengo algunas cosas para decirte. No sólo voy a insultarte a vos y a tu linaje ascendente y tu posible descendencia. No, dejá. No me conocés. No entendés el chiste. Shhh. Escuchame, digo. No me importa. Estoy borracho, ni siquiera creo que me importe alguna cosa. Esta tarde. A las ocho. A las siete. Siete y media. Qué sé yo… Está bien: siete y media. En Trejo y Duarte Quirós hay un café, ahí a esa hora. Sí- cortan mientras todavía se escucha una voz.

Daniel, apenas más despierto que cuando atendió, mira a su mujer, intensamente rubia, intensamente desnuda. Suspira.
Héctor, temblando, permanece junto al teléfono. Los tipos como él no sobrevivirían en mundos más justos, menos permisivos. El autor no sabe si agradecer o lamentar éste, uno de los mundos posibles, en el que hombres como Héctor tengan que verse tentados por el suicidio en cada fracaso rotundo, en cada recuerdo abismal. Qué se le va a hacer…

A las siete y veinte ya se puede ver a Héctor esperar impaciente en su silla. Espera un vasito de ginebra. No sé si lo sabe, pero creo que lo hizo para que el olor en la boca vaya aclarando y adelantando algunas características que por pudor no quiere verbalizar frente a su enemigo. Piensa en el otro como eso, como un enemigo mortal, esperando, dejándolo consumirse en su nerviosismo, su sudor, sus ganas de emborracharse para olvidarse hasta mañana.
Daniel camina tranquilo pero ya corroído por una curiosidad infernal, capaz que aniquilar a todos los gatos del mundo si tuviera la delicadeza de respetar refranes populares. Llega a la esquina, mira el reloj pulsera. Ve la alta torre y el descomunal reloj. Por algún augurio inescrutable, no coinciden, pero sólo por tres minutos. Y no es tiempo de pensar cuál está mal ajustado, si alguno lo está. Como si no fuera posible que ni uno solo de los relojes en el mundo… Y ahí está el otro, doblado en su silla, con la nariz a centímetros de la mesa. Se interrumpe al verlo, claro. No parece muy amenazante. Es flaco, alto teniendo en cuenta que está sentado y las viejas que pasan a su lado apenas lo aventajan en algunos centímetros. Ahora se incorpora, aún sentado, y lo mira, fijamente. Tiene los ojos brillosos y grandes, por demás bellos.
Daniel entra y se sienta frente a él. Permanece callado, pero por otro lado no es él quien se supone tenga que hablar. El otro, todavía no Héctor, pero sí ya uno que hiede a alcohol, tampoco habla. El clima es ciertamente tenso y el mozo parece inoportuno al cortarlo con un qué va a ordenar. Un café en jarrito, dice Daniel. Y una medialuna –posiblemente lo intachable de su pedido tienda a contrastar con la segunda ginebra que solicita el otro-.

Héctor sigue callado. Daniel también. El mozo se va. Vuelve después de un tiempo incalculable y el lector irá notando que este carácter del tiempo suele repetirse en estas ocasiones. Entonces Héctor bebe el pequeño vaso de un sorbo rápido y hace una mueca de desagrado y tose.
- No tenemos mucho que ver. Estás vestido con ropa que calculo cara y tenés auto. Yo por el momento, es decir, hasta que me rajen, doy clases de secundario y gasto la plata de una manera que no comprenderías. Por supuesto que no soy mejor. No estoy emitiendo un juicio al respecto, esto es pura descripción.
Cuando era chico ya me había dado cuenta de que nunca iba a tener mucha plata porque eso implicaba darle tiempo a la plata. Ya a los once años mi tiempo era mío y siempre lo preferí a la plata… Divago. No escuches. A qué iba. Ah, sí. Que no tenemos mucho en común. Recordarás mi cara, de todos modos. Ahora que me ves.
-Sí. Un cumpleaños de alguien.
-La hermana de Andrea. De lo que se deduce que conozco a la hermana de tu mujer y ahí ya tenemos algo.
-Sí, efectivamente, Laura, la hermana de Andrea. Qué pasa.
-Te estoy robando el tiempo, me imagino. Mejor. Quiero quitarte lo que me sea posible. Soy alguien pequeño. Mi voluntad y el mundo siempre parecen no querer corresponderse, como los amores de las novelas mexicanas. Todo un problema: terminás convencido de vivir en un solipsismo marca Cartesius. Y, claro está, me aferro a lo que parece real como no sabés cómo. Querría hacerte mierda, pero soy cobarde. No puedo golpear fuerte, y mi verborragia mitiga el valor de mis palabras-.
Daniel parece no entender todavía. Héctor, como yo, lo nota.
-Tu mujer, Danielito, tu mujer.
-Me imaginaba.
-No parece… Ahora decime: ¿qué es lo que podés imaginarte? Somos gente grande y estamos en un problema, pero el mío es mayor, porque tengo mucha imaginación. Yo en tu lugar ya me hubiera pegado un tiro. Así qué decime, decime qué mierda podés imaginarte –se acalora, el rostro se le enrojece levemente, se detiene y llama al mozo con un gesto: otra ginebra-.
-Me imagino que te acostaste con ella, que estás enamorado, que me tomás por pelotudo.
-Me refería al alcance de tu imaginación. Cuando decís “acostaste con ella”, ¿realmente lo representás en tu cabecita? ¿Elegís una de sus caras de goce, una entre las que tengas en tu memoria, y la adosás a la situación pero incluyéndome? ¿Añadís por casualidad el repertorio de gemidos y grititos al caso? Ya los escuchaste, la precisión podría ser admirable. Conocés su cuerpo y las cosas que le gustan a su cuerpo. ¿Hasta dónde llega el detalle? ¿Cómo hacés para no romperme la cabeza en el momento que decís “acostaste”? Mi enamoramiento es lo de menos. Es más, casi te ayuda: me hace ver más imbécil… pero el “acostaste”…-
Héctor disfruta. Es un escritor, le pertenece esta victoria momentánea que dura unos cuantos segundos. Daniel deja escapar un imprevisible bufido.
-Tenés razón. Debería reventarte la cara. Pero como dijiste, somos tipos muy distintos. Yo estoy casado, vos te acostás con mi mujer. No quiero que lo entiendas en caso de que puedas. Te pido solamente que te vayas. Voy a pagar esta medialuna y tus ginebras y vos te vas a ir por donde viniste. No vas a volver a hablar con Andrea. Y no porque yo quiera- el gesto en la cara de Daniel es irreproducible por vías literarias, pero va entre el ocultamiento de cierta genialidad y un algo resignado, hastiado. No lo conocemos, una lástima.
Héctor padece un estupor que las caricaturas traducen en un sudor constante y presumiblemente frío. Ambos callan. Cómo y por qué Héctor súbitamente lo entiende, lo ignoraremos. El carácter de narrador, empero, me fuerza a explicar su repentina huída, tal vez sus postreras lágrimas y el desgarro que este relato no incluye. De todas maneras, antes de esto llega a hacer una última pregunta.
-¿Vos me estás diciendo que esta no es la primera vez que alguien te viene con esto?-
La explicación consiste en una lacónica traducción del gesto de Daniel: un “por supuesto”.


02/06/08


Nota: La imagen ha sido añadida posteriormente. Se puede considerar que la elección quedó determinada por alguno de los comentarios. O no.

sábado, 31 de mayo de 2008

Autodefinido





Hasta terminó apagando el cigarrillo, de tan aburrida. Esperar no es lo malo, el problema es querer dejar pasar el tiempo que no puede medirse, el problema es que no hay un hasta aquí para dar sentido los instantes anteriores. Para colmo de males, estar sola, sin audiencia para aplaudir sus arrebatos de desesperación abúlica o para fantasear con gozarla después de una sonrisa insinuante sobre la ropa de cama pegada a sus muslos, dibujando sus piernas redondeadas de un gris sedoso hasta el comienzo temprano de la carne. Aún así, junta las piernas, metiendo una en la cavidad que forma la otra, los pies también juntos, y la coyuntura negra de las piernas que a nadie decía “tomame, apretame, decime que soy tu puta”.

Asqueados de calor, transpiración pesada y un asco reptante, una repulsa animal, se dejan respirar largamente. Ella mueve una mano sobre la rodilla calva en el contorno hirsuto. Una isla dérmica bajo el nivel de un mar ralo y desparejo, oscuro. Retira la mano, rozando con cuidado la punta de los bellos a sus primeros pasos, y enciende un cigarrillo. Cof, cof, ¿apagá esa mierda, querés? En las cavidades de su moral no había refugio para el placer gratuito, la única forma del placer. En tu rutina de mierdas precisas no hay te queda tiempo ni para la maldad ¿no? No.
Pobrecito, era un animal. ¿Qué sabía él del arte, de la refinación, de la concatenación minúscula de movimientos que se precisan para pasar por la existencia dejando al menos un muerto y dos heridos, algún resentimiento y sin mucha suerte una añoranza?
¿Y tu mujer te dice que sos un animalito después de coger, te lo dice? Aparenta sabiduría, se calla para que sepa que fue suficiente. Ja, no me vengas con pavadas, que no estoy poniendo en duda las virtudes de tu verga. Lo que digo es que no creo que seas idóneo para otra cosa cualquiera, la que sea. Que sos un animalito del campo, correteando inocente por el prado. Un cuis bien dotado y con experiencia.

Y se pretende profundidad, la muy puta cabalga en el cromagnón ese del auto largo y azul y se piensa artista. La muy puta.
El arte viene por otro lado. El arte es llorar sangre y no saber mostrarlo, pero sentir cierto orgullo cuando se alcanza a decir que un ojo está vidrioso. Buscar a tientas un busto de Pericles en un museo sin luz. Y cientos, no, miles de bustos de un pelotudo de barba y casco, y la periclidad andá a buscarla con los dedos.
Mujer, bestia de dios.
Y pensar que sus ganas de cogerme no serán más que puro instinto maternal, fuerza bruta de la naturaleza que las empuja a querer criarnos. Pobrecita. Los imbéciles históricos han sido los artistas, siempre intentado darles la sutileza que no tienen. Las únicas mujeres dignas de ese verbo sin complemento directo, amar, no son más que literatura; despecho o frustación de un hombre que infelizmente se traduce en esos híbridos de sensualidad femenina y sensibilidad masculina. De la Maga para atrás y para adelante, son solamente el papel higiénico de esos pajeros.

Liturgia verspertina



Caminó varios pasos a la deriva. La tarde se iba anulando levemente, dejándose caer en la noche. Corría una brisa fresca. A unos metros de roble, escuchó movimiento de manos, el quejido de un labor haciéndose; después como a lo lejos, un relincho. Un espacio entre las matas ofrecía cuatro campesinos entre tablas de madera ancha tiradas en el suelo y un caballo amarrado. Una soga y un nudo en cada rodilla del animal.
Algo en lo mugriento de los sombreros producía desconfianza. Las camisas abiertas, los pechos redondos, peludos, marrones, impúdicos.
El animal miraba…
Acaso en respuesta a una señal siguieron con sus quehaceres. Tomó cada uno una soga y comenzaron a forcejear. Los cuartos del caballo se separaron entre sí en un movimiento brusco y seco, el animal luchaba entre relinchos. Lo acostaron, gritando, escupiendo, golpeando la bestia con varas en el costado. En los sacudones de las piernas se veía de vez en cuando una resignación, un cansancio previo.
Las maderas no estaban tiradas ni dispuestas de manera casual. Estaban cruzadas, una mayor atravesada por una más corta perpendicularmente, a mitad de camino entre el centro de la más larga y uno de sus extremos. Las sogas ubicaron los cuartos delanteros en sendos segmentos de madera. Los hombres se movían acaloradamente, excitados. La tensión dislocó al animal para que pudiera extender las piernas. Resonó un quejido agudo en los árboles que estaban detrás.
El ritual abarcaba la crucifixión completa. Después de atar los dos cuartos traseros a una única madera, pasaron una última soga por el cuello de caballo, hasta apoyarse en la tabla.
Posiblemente los clavos eran innecesarios. No llegarían a afirmar la carne a la madera; la sangre, sin embargo, parecía imprescindible para el cuadro.
Los relinchos, un segundo después de cada martillazo, producían un leve eco.
Los campesinos se detuvieron un segundo y guardaron silencio. Uno de ellos miró hacia un costado. Levantaron la cruz con sogas y la colocaron en un hueco. El más alto, abrió el vientre hinchado y expuesto, surcado por líneas de sangre que bajaban desde las piernas. Las tripas alcanzaron el piso al caer. A su alrededor se expandía una mancha oscura, húmeda. Los hombres se apartaron y tomaron tridentes. Hicieron un montón de paja y lo apisonaron para disminuir la humareda.
La luz del fuego iluminó a los hombres y los últimos gritos del animal. Después quedaban sólo el resplandor en los rostros, el crepitar de la madera y el olor a carne asada.

sábado, 24 de mayo de 2008

Notas sueltas a propósito de la diferencia esencial entre un exorcista y una ama de casa posesa.










































La cuestión es la siguiente. De lo demostrado por la similitud entre los personajes ficticios Alexander Anderson (Hellsing) y Demon Cleaner (Kyuss) a partir del caracteristico rasgo de sus lentes luminosos en la oscuridad, quedan abiertas algunas -posibles- interrogaciones.
1) Si una barra ("/") alcanza para quitarle al limpiador de demonios su cracter sacerdotal, bien que estemos hablando de un sacerdote particularmente brutal y esquizofrénico.
2) Si la relación es meramente azarosa y no hay Dios que fundamente el afán asesino de Anderson, si los sureños Kyuss habíanse inspirado en la producción japonesa o, aún más curioso, los nipones en la banda stoner.
3) Si la purga del alma endemoniada, el exorcismo, es el oficio del "Demon Cleaner", ¿las quehaceres domésticas lo sería del "Demon/Cleaner"?

El espacio queda abierto para una investigación más prudente y más profunda...












sábado, 3 de mayo de 2008

Posthumus. El Enterrador

Retomo una imagen de pasados casi oníricos, de tiempos confusos y de entreveraciones perceptivas de la más asistemática confusión monádica. Hablo de una absorción metafísica del mundo, de pajitas o sorbetes de plástico viejo en una naranja mohosa, hablo de una cama y un cuerpo sobre esa cama y una mano en ese cuerpo, una mano escribiendo.
El pasaje es impropio de ser denominado original. No puede uno estar cayendo constantemente en esta clase de generosidades nominalistas. Algo a mi costado me dijo que era shakesperiano, pero tampoco puedo estar seguro de ello.
La bic roja decía algo acerca de un campo vastísimo, de pasto casi seco, pero no del todo desolador, salvo por la magnitud espacial de éste. Una suerte de pampa sin ombúes, sin verticalidades que mitigaran la eterna y triste horizontalidad, la íntima condena de figurarse en un único plano. Un campo agónico sin gemir, sin quejarse, un océano amarillo y quebradizo copado de muertes, y esto último no es una figura, ni una metáfora, ni un símbolo, y acaso sólo se le permita ser llamada imagen.
En el espacio infinito del plano cubierto de pasto, están dispuestos de manera azarosa (aquí supondríamos que el narrador es ateo) un indefinido número de cadáveres en descomposición. Henchidos y jugosos, tres o cuatro semanitas de descomposición insistente, pero hasta ahí. Quiero decir que ya no estaban volviendo a la tierra, ni recomponiéndose tampoco, sino estáticos en ese nauseabundo estadío de la muerte. Quietos, atemporales, pútridos y abyectos, permanecen. No dicen nada. Su lenguaje es el de la emanación del aroma, dan el ser a través de ese simple y existencial acto de oler-a-podrido, y en su hedor hay mil existencias que participan del ente hedor, que no es el ente cadáver pero está enraizado a éste. Teologías como para hacer dulce, mermelada de cadáver, amarilla, biliosa y abyecta, como toda ficción, como toda teología.
Ahora la acción, con ella el tiempo. Un sujeto, por convención el narrador lo llamará D., entra en la escena, digamos que caminando. Trae en sus hombros la mochila del movimiento y de Cronos en él. Es un inquisidor inconsciente, una trituradora, una carga de dinamita, un ordenanza y, por qué no, un exorcista. De sus pasos nace el devenir, nace el tiempo, y la mitopoyesis que provocaban los cadáveres es impotente de perpetrar su alma. Incluso pareciera que carece de respiración, o que padeciera de un santo resfriado redentor, porque no se mosquea ante el vaho pútrido de los nacidos post-mortem a su alrededor.
Sus facciones no representan su condición de verdugo. Flaco, no muy alto, cabizbajo, vestido con un gastado traje que aún deja atisbar un pasado albo, o de ese color que las mujeres llaman marfil y que el ojo masculino es incapaz de diferenciar de sus hermanos tiza, manteca, etc. En su cara sólo hay cansancio, el de un hombre que realiza una tarea, el de un dios de oficina que se limita a cumplimentar destinos, el de un viento que se ve a sí mismo soplando. Camina, y como un rey huno va sembrando acaeceres a sus pasos. Camina y brotan los devenires, se rompe la mágica estática del no tiempo, del no movimiento, de esa imagen que era una negación que era una imagen que era una negación que era una imagen…
Las fotografías-cadáveres abandonan su estado de inercia inmóvil, son devueltos al curso del tiempo, son arrastrados por el río. Se abren como flores y se mueven como peces, se revuelven como mares y son devueltos a la tierra y al aire. La perfección sagrada del equilibrio se quiebra, las moscas, animal epifánico si los hay, aparecen gritando bz, los gusanos blancos comienzan su silenciosa labor, los hongos crecen y se ahogan en su soledad intrínseca, los cuerpos crujen y rechinan, se agolpan por dentro, se secan y segregan jugos fétidos, por toda respuesta al llamado del destino. ¿Muss es sein? ¡Es muss sein! Chanananán y toda la cursilería sinfónica que siempre viene al caso. Los pasos son el llamado. Retumban, hacen eco en las paredes remotas del fin del universo y vuelven. ¿Tiene que ser? ¡Tiene que ser!, que sea pues. El impávido enterrador, se desplaza. El resto no sólo no se calla, sino que grita: es, es, es, soy, somos, estamos. ¡Es, Es, Soy, Somos, Estamos! ¡Viva el fin de la potencia, basta de ser susceptibles-a! Los cadáveres se pudren finalmente y ya son póstumos. Las moscas regresan a la dimensión incomensurable de donde provienen, esa que no es este mundo, los gusanos regresan también a la tierra, los hongos sacan a relucir sus falos a la superficie. El hedor se apaga y acaba por entrar en un respetuoso mutis. D, el inhumano inhumador, el otorgador del órden, el limpiador de demonios y quien da lógica al más bello caos, se pierde, digamos, caminando.